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Saturday 12 de September de 2009, 22:25:16
12-09-09 : Sant Jeroni desde el monasterio de Montserrat
Tipo de Entrada: RELATO | 11475 visitas

Ruta turística por excelencia, que asciende al punto más elevado del macizo (1236m) desde el monasterio (720m), incluyendo más de un millar de escalones. Todo un deleite para gente masoca y montañeros, y un buen tute para extranjeros de cualquier condicion, desde rumanos hasta nórdicas con tacones.

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Son las ocho de la mañana cuando David, amablemente, se pasa por Badalona para recogerme. Con treinta litros más de carburante y un amigo a su lado, deja atrás la citada y poco atractiva ciudad, poniendo rumbo a Sabadell, donde se une a bordo su novia Eli, con varias bolsas de patatas fritas incluidas. El cielo está encapotado, ¿quién lo desencapotará? Esperemos que el viento cumpla con su trabajo, si no quiere pasar a engrosar las extensas listas de desempleo. Por lo que pueda pasar, he incluido en mi equipo un pequeño poncho de sesenta céntimos, de esos de manga corta que tan buen rendimiento me han dado en el pasado bajo las lluvias de Galicia de camino a  la supuesta tumba del apóstol Santiago.

 

En el aparcamiento de Montserrat los escaladores ultiman sus preparativos, con largas cuerdas y sofisticados artilugios. Multitud de coches esperan con resignación a que sus dueños emprendan el regreso a casa, con la esperanza de que la montaña no se derrumbe antes; si se viene abajo, durante unas semanas pasarán a ser parte del paisaje hasta el momento de su liberación. ¿Qué culpa tendrán ellos de tener por dueño a un montañero? Seguro que preferirían pasar su breve existencia en un autocine americano, viendo películas como Cars, el Coche Fantástico o Regreso al Futuro.

 

A las nueve y media de la mañana, tranquilidad es el mejor adjetivo para caracterizar los alrededores del montasterio, a la espera de la llegada de los turistas extranjeros. Señoras de mediana edad están montando las paradas de venta de quesos, mieles y demás productos artesanales a un precio acorde a su calidad. La ausencia de “pegadolça”, una regaliz parecida a las pastillas Juanola, es un golpe bajo. Habrá que sustentarse con las Matutano Campesinas de David, el pequeño bocata de chorizo y algunas galletas de chocolate de marca blanca; atrás han quedado tanto la época de bonanza económica como las Príncipe de Beukelaer. Es el momento de apretarse el cinturón y partir hacia la cima, en busca de la felicidad.

 

Durante los primeros veinte minutos es preciso subir unos ochocientos escalones, hasta la llamada Plaza de Santa Anna, cercana a la ermita del mismo nombre, y punto de descanso – y a menudo de retorno – de los guiris. La verdad es que, gracias a la naturaleza del camino, se gana desnivel con rapidez. El Paso de los Franceses es lo más característico de este primer tramo; entre dos rocosas paredes se abren paso los escalones, evocando la invasión de las tropas de Napoleón en el macizo, arrasando el monasterio a su paso. Si pudiésemos regresar al pasado mediante algún artilugio del bolsillo mágico de Doraemon, el gato cósmico, veríamos por la zona militares, caballos y armas. En la actualidad, en cambio, los franceses presentes en la zona visten ropas de estética TheNorthFace, portan CamelBack, calzan botas de Goretex y se dirigen hacia la cumbre de Sant Jeroni, como nosotros. Los tiempos cambian.

 

Después de los ochocientos escalones el paisaje se abre; Diríase que el camino avanza por un valle, pero es que las montañas de ambos lados no parecen montañas. Son agujas rocosas, como monolitos de origen natural; una especie de gigantes guardianes del camino y de los cielos. Hay atrevidos intrépidos que se enfrentan a ellos hasta posarse sobre sus calvas. Los picos que más llaman la atención son, quizá, la Gorra Frígia y el Cavall Bernat; el primero incita con su silueta, mientras que el segundo presenta una forma fálica de la cual deriva su nombre actual. Si tuviésemos que definir este segundo tramo del itinerario, la palabra mágica podría ser sombrío. Parece mentira como Montserrat puede albergar, y a la vez esconder, tantas canales, bosquecillos, grutas o senderos. El frescor que uno siente en una mañana de verano en este punto es un regalo de la naturaleza. En el pensamiento se libra una batalla: por un lado está el deseo de alcanzar la cumbre; por el otro, la reticencia a abandonar la sombra.

 

A los pies de la Albarda Castellana, techo comarcal del Baix Llobregat, almorzamos con grandes vistas sobre Sant Jeroni y su gente. Hombres y mujeres, niños y niñas, perros y perras; en la cima debe haber de todo, por el volumen de coloridas manchas que se observan. Es todo un acierto comerse aquí el bocata, siempre que uno sea adicto al silencio de las montañas. No hay nada como escuchar el silencio, en especial cuando se está hasta la gorra frigia de los efectos acústicos del Plan E en Badalona, donde pocas aceras han quedado sin levantar.

 

Una vez acabada la comida, tomamos un atajo que nos lleva hasta el sendero sin pasar por la última ermita. Atrás han quedado las vistas sobre el Montgrós, el Camell o los Plecs de Llibre. Frente a nosotros un último obstáculo: numerosos escalones, y multitudes bajando en sentido contrario. Llama la atención un pozo carente de tapa junto al sendero, donde alguien puede caerse y matarse en alguna visita nocturna al lavabo. Cuando ya no podemos continuar subiendo se abre ante nosotros la ciudad de Manresa y sus alrededores, como si fuese la capital del reino y a su alrededor viviesen desperdigadas diferentes comunidades de juglares y princesas sin reino. Aunque hace un rato ha chispeado, ahora las variables meteorológicas se entretienen dando una falsa altitud a David. Mal asunto es intentar obtener datos altimétricos válidos sin una calibración previa a una altura conocida. Siempre hay una segunda oportunidad, o al menos eso dicen; en el tema de la muerte no la conozco.

 

Carentes de tranquilidad, de silencio y de soledad, nos fotografiamos en lo alto del macizo, idílico lugar para que una vía ferrata muera, en este caso la Teresina. Sobre la aguja de Santa Cecília se divisa un grupo de ferrateros o escaladores, que pese a la distancia son distinguibles audiblemente. Dado que la temperatura va en aumento y se hace tarde, emprendemos el descenso dejando atrás la llamada de las alturas; sólo hay que hacerse el sordo ; una sordera temporal que suele finalizar en el siguiente fin de semana, cuando no hay más remedio que sucumbir ante el mágico canto. Ahora mismo lo que nos llama – la atención para ser exactos – es una taza de váter en el bosque, junto al sendero. Será fuente de risas durante un rato a raíz de un cartel que indica “lavabos” apuntando hacia ella, rotulado por nosotros mismos aprovechando una chapa metálica abandonada en el lugar y colocándola en el sitio adecuado. Los guiris que nos siguen, aunque no saben de que va, se ríen igual o más que nosotros. <> comenta David.

 

De bajada por el valle me llama la atención una riera seca paralela al sendero. Decido dejar durante un rato el camino y abrirme paso por ella, gracias a lo cual me encuentro con una lata de Coca Cola de décadas de antigüedad, que apenas logra no deshacerse en mis manos. Anoto en mi libreta lo que concluye David porque me parece algo interesante, sobre lo cual se puede reflexionar: <>. Lejos de filosofar sobre cosas trascendentes, como el sentido de la vida, permanecemos ociosos intentando adivinar si la numerosa gente que se nos cruza son guiris o no. Cuando se acercan tres chicas, una de ellas muy rubia, y David asegura que son nórdicas, resulta que una de ellas dice “has vist la peli…” Más tarde, conversando sobre la obviedad de que todos los que vemos hablan catalán excepto nosotros, se nos cruza un grupo de andaluces; está probado que hoy lo nuestro es hablar y meter la pata hasta el fondo.

 

Al llegar a la Plaza de Santa Anna, donde llevamos bajados cuatrocientos escalones y faltan aún ochocientos más, nos encontramos con turistas asiáticos de esos que he comentado antes, que llegan hasta aquí y retroceden. Tienen un buen pícnic montado con todo tipo de productos, como zumo de naranja y ensalada. Continua nuestra bajada y nuestro ejercicio mental; ahora es David quien lanza una hipótesi: <>. Para elevarla al rango de teoría, debemos contrastarla con datos experimentales, y eso hacemos. Se cumple en prácticamente todas las parejas, incluyendo a David y Eli. La excepción la hayamos en un grupo de rumanos; cuatro hombres suben tranquilamente seguidos de cerca por dos mujeres que llevan una gran bolsa de pícnic; cada una la coje de una asa. Qué curiosa que es la vida; o el ser humano para ser exactos.

 

Pasan diez minutos de las dos cuando llegamos a los lavabos del monasterio casi con una tesina sobre sociología bajo el brazo. La variopinta gente que asciende a Sant Jeroni por la ruta normal en verano da para un buen trabajo de campo sobre hábitos sociales, conductas o diferencias entre nacionalidades. Podría decirse que la monotonía no existe, y que cada uno de los mil doscientos escalones alberga una sorpresa que espera a quien sienta la suficiente curiosidad de desvelarla. Cuando uno lee el combate del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en la playa de Barcelona no puede dejar de lamentarse; ¿qué le habría pasado al caballero si se hubiese desviado unos kilómetros y unos siglos, hasta aquí y en la actualidad? Quizá hubiera regresado a su hogar y, en vez de dejarse morir derrotado en la cama, habría escrito a su querida Dulcinea del Toboso una carta contándole todo lo visto y acontecido durante la ascensión.

 

P.D. Te invito a visitar mi canal de Youtube Feliz Éxito aquí:  www.youtube.com/felizexito




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