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lunes 4 de abril de 2011, 21:51:48
26-03-11 : Las 15 ermitas (Montserrat)
Tipo de Entrada: RELATO | 1 Comentarios | 5467 visitas

Javier, como quien no quiere la cosa, me convierte en la cuarta persona en realizar una ruta de diseño propio que pasa por quince ermitas de Montserrat, siguiendo los pasos de Florenci y de Josep, el creador del eremítico itinerario. De regreso al coche elucubramos sobre cómo arrebatarle el primer puesto en encadenar una decimosexta ermita. Lo más pausible consiste en tratar de localizar una ermita llamada Sant Pere, que aparece en un mapa de 1974, aunque Josep nos dice que duda de que la localicemos. El futuro dirá.

 

 

Hoy, 27 de marzo de 2011, podría ser un día más, uno de esos que transcurre sin ninguna novedad desde la salida del sol hasta el dominio de la luna. Pero no, hoy no toca pasarlo sin pena ni gloria inmerso en la rutina que nos consume y nos aboca hacia el último de nuestros días. Resulta que he quedado con Javier (Pratenc), a quien no veo desde hace tres años, para que me lleve a una ruta que acaba de diseñar Josep, también conocido como Japallas o Esgarrapacrestes. Se trata de un itinerario que enlaza quince –¡sí, 15!– ermitas, alguna de ellas bastante desconocida, por una zona concreta de la montaña de Montserrat que comprende básicamente las regiones de Tebas, Tebaida y Tabor. La distancia del recorrido es de unos veinte kilómetros, y el desnivel acumulado es de 1300m positivos y de 1300m negativos. Tal coincidencia de datos reside en que se trata de una ruta circular, y mal iríamos si no cuadraran en ese caso, pues se dice que las matemáticas son una ciencia exacta. Eso sí, una variación barométrica durante la excursión podría hacer pensar que algo ha fallado, que los datos no concuerdan. Entonces siempre podríamos echar mano de un buen economista, tan buenos en interpretar las cosas cuando ya han sucedido.

 

Como no es plan de derretirse en nuestra primera salida primaveral, hemos quedado a primerísima hora: las siete. En esta época del año parece el momento ideal para ponerse a andar ya que justo acaba de amanecer y el frío ya no es lo que era unas semanas atrás. Así, tras un breve saludo, nos echamos la mochila a la espalda, cerramos el coche y dejamos atrás el aparcamiento en el que lo hemos dejado, situado junto a la curva de acceso al peaje del aparcamiento del monasterio, unos cincuenta metros en dirección a Santa Cecilia. No tardamos ni un cuarto de hora en llegar al monasterio, un tiempo que pasa volando al estar charlando sobre asuntos varios, en especial sobre sucesos situados en un tiempo pasado, pero no tanto como para referirse a ellos como “viejos tiempos”. Recordamos nuestro primer encuentro en 2004, materializado gracias a la página web de Madteam. Aquel día también se conocieron Cris y Jordi y por lo visto acabaron viviendo juntos y ahora paran por Olot. Me cuenta que hace poco Cris se puso en contacto con él; quizá si la escribo podamos volver a coincidir en alguna excursión. Quién sabe.

 

Con un paso no muy tranquilo pasamos junto al camping. Por lo visto Javier ya no es el que era cuando lo conocí, y ahora no sufre tanto en las subidas. Baste decir que es miembro de la “Unión Excursionista Florenci”, cuyo lema es “camina y revienta” y que incluye en su escudo al Correcaminos de la Warner Bros. Su fundador, Florenci, es el tercero en haber realizado la presente ruta, por lo que el puesto que me pertoca es el cuarto, si bien él, según cuenta Javier, sólo realizó catorce de las quince ermitas, dejando sin encadenar la más conocida, la de Sant Jeroni, a la que hay que desviarse a propósito. El resto son Sant Miquel, Sant Jaume, Sant Joan, Sant Onofre, Santa Caterina, Santa Magdalena, Sant Martí, Sant Antoni, Sant Salvador, La Trinitat, Sant Dimes, La Santa Creu, Sant Benet y Santa Anna. Por descontado, no todas aparecen en el mapa de la Editorial Alpina, y alguna quizá sea sólo conocida por los escaladores que pasan junto a ella para acercarse a algunas vías de escalada. Otras, en cambio, son utilizadas como refugio por los escaladores, e incluso alguna está habitada por gente que ha escogido una forma de vida diferente e igual de respetable –o quizá más–.

 

Son las 7:35 cuando llegamos a Sant Miquel, la primera de las ermitas que visitaremos hoy. En cuanto a datos objetivos se refiere, fue levantada en el siglo XVI y se emplaza a una altura de 818m. En cambio, respecto a los datos obtenidos a través de los estímulos que nuestro sistema nervioso procesa, puedo comentar que varias personas están aún pernoctando bajo su porche en una especie de empalme de varias tiendas de campaña que los protegen de la intemperie y de la mirada del madrugador caminante que Javier y yo llevamos dentro. Como no es plan de molestar y en las ermitas no se nos ha perdido nada, anotamos su nombre y la hora y tomamos rumbo a la zona de las Magdalenas y de la Gorra Frigia, es decir, hacia Tebes. El ascenso tiene lugar por una pista cementada que me trae a la memoria un calor de infarto debido a que siempre he pasado por aquí de regreso de Sant Jeroni a una hora nada recomendable para evitar melanomas y otros efectos de la radiacón ultravioleta.

 

En cuanto llegamos a la estación superior del funicular de Sant Joan tomamos el “Camí Nou de Sant Jeroni” en dirección a la Gorra Frigia, pero pronto lo abandonamos, en concreto al llegar al pie de la primera aguja rocosa, llamada Gorra Marinera (1098m). Tras una corta pero acentuada subida llegamos al collado entre esta y otra aguja sin nombre (1034m), en el que una pareja está desmontando la tienda de campaña. A mano derecha se encuentran unas ruinas que pertenecen a la segunda ermita del día, Sant Jaume, inexistente en el mapa de Editorial Alpina. Son las 8:08. Inspeccionamos sus inmediaciones y en especial sus aéreas vistas. Este sí que era un buen sitio para meditar –o lo es–. En la pared hay un recoveco protegido por un pequeño muro de piedras en el que me gustaría pasar la noche algún día, lo que resultaría realmente romántico. Los restos de una hoguera dan fe de que alguien ya ha cumplido con mi efímero propósito, supongo que algún escalador. Javier toma fotos por aquí y por allá; diría que aún está más feliz que yo y que su entusiasmo por encadenar las quince ermitas aún supera al mío. Se nota que él, como Florenci, también se dejó la de Sant Jeroni en el tintero. Diríase que son necesarias las quince, ni una menos, para alcanzar la iluminación. En eso estamos.

 

Bajando desde el collado por la vertiente contraria a la de subida nos plantamos pronto en la ermita de Sant Joan, que cuenta con el “honor” de tener un panel informativo acerca de su figura, por lo visto porque recientemente han señalizado una “ruta de las ermitas”. En él podemos leer que “el rey Felipe III de España almorzó en esta ermita el día diez de julio de 1599”. Sin saber qué asunto lo trajo por estos lares hace más de cuatro siglos, pocos años antes de que Galileo apuntara por primera vez al cielo con su telescopio, comenzamos a descender hacia una ermita que, como prácticamente todas, no cuenta con ninguna descripción aunque no por eso presenta un menor encanto: Santa Caterina. Son las 8:25 cuando la visito por primera vez. Haciendo caso omiso al cartel que ruega silencio –no hay nadie a quien molestar–, aunque tampoco no muy parlanchines, escrutamos su morfología. Es la primera que está encastada en la roca. En su interior hay un paquete de pasta, velas, mesa y demás, mientras que en su exterior hay incluso unas pesas y una bicicleta, lo cual nos hace pensar que aquí debe de vivir alguien y de ahí que ruegue silencio. Sería interesante que estuviera aquí para poder charlar con él, pero va a ser que no.

 

Un sendero poco evidente y perdedor nos permite ir ganando altura. Javier va en primer lugar e intenta recordar por donde lo trajo Josep. Yo, por mi parte, intento acordarme por si tuviese que regresar con alguien y convertirlo en la quinta persona en haber visitado las quince ermitas en una sola excursión, aunque sospecho que no sería capaz. Tras algún palo de ciego, aparecemos de nuevo en la zona de Sant Joan, pero esta vez junto a un antiguo restaurante en estado de ruina. En sus inmediaciones, también aprovechando el refugio de la roca, se encuentra la ermita de Sant Onofre, que “toma nombre de un anacoreta que vivió durante setenta años en un desierto del Asia Menor”, según un segundo plafón informativo. Esta ermita, levantada en el siglo XVI, no está en un terreno plano cubierto de vegetación, sino al borde de un pequeño abismo. Contiene una cisterna en la roca en cuyo interior descansan un buen número de monedas ajenas a las transferencias bancarias y a la aparición de virguerías tales como el PayPal. ¡Maldito el que las saque de aquí para venderlas por eBay! Comentar que junto a esta, donde se encontraba el restaurante, se hallaba la auténtica ermita de Sant Joan, antes de construirse la nueva en 1893. También estaba incrustada en un gruta y era la escogida por algunos abades del monasterio para pasar sus últimos años de vida. Supongo que de ahí la visita del rey de España. En Sant Onofre, en cambio, pasó largas temporadas el abad García de Cisneros, allá por el siglo XV, a falta de medio milenio para el nacimiento de los que hoy poblamos La Tierra.

 

A través de un empinadísimo tramo de escalones que suben por una canal,  nos plantamos a las 8:50 ante la ermita de Santa Magdalena, o más bien ante lo que queda de ella. Mientras Javier toma algunas fotos yo visito la placa que hay al pie de la trepada a la Magdalena Inferior (1118m), a escasos diez metros del emplazamiento eremítico. Avi Jordi me contó que fue uno de los que asistieron a su colocación, en recuerdo de un amigo suyo que falleció en este punto tras una caída de la citada aguja al treparla o destreparla. Traducido al castellano dice así: “La esperanza es la mano misteriosa que nos acerca a las cosas que queremos y que nos aleja de las que ya tenemos”. Las vistas aéreas sobre la zona del monasterio son muy parecidas a las que se tiene desde la cumbre de la cercana Gorra Frigia. Según un nuevo cartel, uno de esos que han colocado junto a algunas ermitas, desde aquí, el que se había retirado para llevar una vida apartada podía llegar a escuchar los cantos de los monjes durante la noche. Nosotros, sin ánimos de comprobarlo, abandonamos el lugar.

 

Una bajada por las Escaleras de Jacob, que se abren paso en una encajonada canal, nos deja de nuevo en el Camí Nou de Sant Jeroni. Tomamos este camino hacia la izquierda y poco tiempo después, justo al llegar a la pared de la Gorra Frigia, lo abandonamos para tomar un desvío a mano izquierda que, tras una buena subida, nos deja en el collado entre esta aguja (1152m) y la Magdalena Superior (1153m). Desde aquí puede ascenderse hasta lo alto de la emblemática aguja por un itinerario con algunos tramos de cable o de cadenas, si bien está pensado para el descenso de los escaladores. Pero el objetivo de hoy no es ese, sino encadenar las quince ermitas, y en ese sentido tiramos iniciamos el descenso por la vertiente contraria con la intención de plantarnos en la séptima ermita del día, y seguramente la menos conocida: Sant Martí. Esta también se haya encastada en la roca, pero algo la hace diferente: en su exterior se encuentran emplazamos cuatro asientos unidos, como los de una parada de autobús o de un ambulatorio. ¿Quién habrá cargado con semejante armatoste hasta aquí? La presencia de velas, mesa, esterillas y macarrones delantan que es utilizada por los escaladores, en especial por aquellos que se sienten atraídos por las paredes de la Gorra Frigia, aguja sobre la que se asienta.

 

Bajar, bajar y bajar. En eso estamos de nuevo. Y lo malo es que sé que todo lo que bajamos luego habrá que subirlo. ¡Esto es insufrible! “Es para que sea circular” –se justifica Javier. Parece que toma la filosofía de Avi Jordi, que dice que repetir algún tramo denota una falta de recursos en el montañero. Así, en ocasiones, por no regresar por el mismo lugar, te puedes encontrar bordeando toda la Gorra Frigia por senderos por los que apenas pase alguien de vez en cuando. A la altura de un hito que construyó con Florenci y en el que incluyeron una barra de hierro, finalizamos la bajada y giramos a la derecha con el fin de rodear a la mole rocosa. Durante el rodeo, atestado de vegetación, pasamos junto a una antigua carbonera que presenta todo el suelo chamuscado. Le pregunto a Javier que dónde demonios estamos para ponerlo en mi relato, aunque todo esto es imposible de seguir si no es tras los pasos de algún conocedor de la ruta, y hasta el momento sólo son tres –pronto seremos cuatro–. “Este sendero es la continuación de la Canal dels Llaurers” –me dice. Pues vale.

 

Tras salir al otro lado de la Gorra Frigia, tras su completo rodeo por el oeste, nos encontramos de nuevo con el “Camí Nou a Sant Jeroni”, que de nuevo no tiene nada: es al menos la cuarta vez que lo tomamos hoy. Siguiéndolo llegamos a las diez de la mañana, ya con ocho ermitas en el bolsillo, a la de Sant Jeroni, en cuya entrada desayunamos. Sin duda, es el lugar más pintoresco de todo el macizo para pararse a alimentarse. Mientras uno se hidrata y recupera energías, un singular desfile de humanos pasa ante sus ojos. Son individuos guiris, autóctonos, con mochila, sin agua, con botas, con zapatos; lucen vaqueros, windstoppers, camisa, polares; ¿algo en común? Sí, todos proceden del monasterio y se dirigen al punto culminante del macizo. Hoy, como aún es temprano, no tenemos el placer visual de contemplar todo lo descrito, pero cualquiera puede comprobarlo viniendo y tomando asiento en los escalones de la ermita de Sant Jeroni. Y para colmo, solo faltan los locos que escupe la canal de Sant Jeroni desde la Teresina jejeje.

 

De camino a la novena ermita vemos dos siluetas en lo alto de una aparentemente inaccesible aguja, el Cap de Mort (Cabeza de Muerto). Rápidamente tomamos el “Camí de la Serra de les LLuernes” para dirigirnos hacia allí, en concreto girando a la izquierda en un poste que indica que estamos en el “Camí Vell de Sant Jeroni”, en la cota 990. Este nuevo sendero lo dejamos y seguimos hacia Aritjols. Este laberinto de senderos por los que me lleva Javier nos concuden a un terreno rocoso en el que dos ejemplares de cabras jóvenes nos contemplan y nos lanzan alguna piedra. Gracias a una pequeña trepada coronamos la “Roca de les onze hores” (1138m), que tiene una caída vertical de unos quinientos metros bajo la cual vemos nuestros coches más diminutos que un Micromachines. Creo recordar que era Leticia Sabater quien hacía repetir la frase de que “si no son Micromachines no son los auténticos”. Pero resulta que lo auténtico no se repite. Respecto a la toponimia del mapa de la Editorial Alpina, habla del Serrat de les Onze y de la Roca de les Onze. Desconozco si Roca de las once horas es una fusión popular de ambos nombres o si realmente existe como tal. Eso sí, independientemente del nombre, es brutal estar aquí arriba cual cabra feliz.

 

Tras la improvisada cumbre, nos dirigimos por terreno expuesto, poco a poco y con precaución, a una cuerda fija que, una vez alcanzada, nos permite avanzar con seguridad y a una considerable altura a través de una pared. Pronto llegamos a una brecha con una cuerda anudada de unos cuatro metros que pende en vertical. Gracias a ellas accedo a lo alto de un segundo monolito, el Cap de Mort (1104m), en el que antes hemos divisado a aquellos dos hombres. Desde aquí podría hacerse un inventario de las personas que suben o bajan de Sant Jeroni, que se nos aparecen como hormigas de la misma manera que para ellos debo ser una cabra que abraza el azul del cielo. Javier no muestra una gran disposición por reunirse conmigo aquí arriba, pero finalmente logro convencerlo y podemos gozar juntos de estas dilatadas panorámicas. Ambas cimas excitan mi imaginación y me hacen intuir la gran cantidad de agujas que deben de haber accesibles para los que no somos escaladores, siendo todas ellas una invitación a la exploración, a la aventura y a la soledad, ajenas a los trillados y masificados senderos de las típicas excursiones montserratinas. Algún día habrá que volver para investigar.

 

Una vez salvada la cuerda vertical, que de bajada es más difícil que de subida, nos dirigimos por una nueva vertiente al sendero de la serra de les Lluernes. Una cuerda fija de unos cuarenta metros, bastante nueva y de color negro, nos ayuda en el descenso de un tramo sobre roca. Hasta hoy ignorábamos que esta aguja fuera accesible para no escaladores, aunque supongo que esto está ideado para su descenso, como sucede con la equipación de la Gorra Frigia. Muy cerca se encuentra la ermita de Sant Antoni, situada junto a otra aguja mítica, el Cavall Bernat, cuyo antiguo nombre tenía una vertiente más erótico-festiva. Son las 11:25 cuando la alcanzamos, lo que da idea de la demora que nos ha comportado el acceso a lo alto de las dos entretenidas agujas. Además, también nos desviamos hasta la salida de la Canal del Cavall Bernat para que Javier me muestre donde está. Resulta que aparece en el libro Vías ferratas y caminos equipados de la Editorial Desnivel y antes le he comentado que algún día me gustaría recorrerla. Según me dice, hay que conocer su entrada inferior para no pasarse de largo pero ahora, al menos, ya conozco su salida. Un rato después, varias cabras en La Prenyada llaman nuestra atención. ¡Hay que ver qué sitios escogen para su reposo!

 

Tomando un desvío nos plantamos en la décima ermita, la de Sant Salvador, que es la vivienda habitual de unos moradores que han salido según nos dicen dos hombres que desayunan en una mesa de madera exterior. Son los primeros que encontramos en una ermita. Después de colgarme de un trapecio en el que deben de pasar el rato sus residentes, regresamos al sendero del camí de la serra de les Lluernes y llegamos hasta su final. Según Javier lo hemos recorrido en su totalidad. Es pues el momento de perder altura hasta las inmediaciones de la ermita de Sant Benet, actual refugio de escaladores. En esta zona, la primera ermita por la que pasamos es la de la Trinitat, encastada en la roca. Al ser las 12:15 el calor comienza a ser agobiante, y cuanto antes acabemos con esto mejor. En ese sentido, y siguiendo con nuestro ritmo ligero –interrumpido por nuestron desvío a las dos cumbres–, nos plantamos a las 12:28 en la ermita de Sant Dimes, cerrada por una reja empotrada en el orificio de la roca por el que se accede. Por lo visto es privada, como las escaleras que bajan hasta el monasterio desde aquí. ¡A saber cuántos centenares de escalones son!

 

La duodécima ermita, que se dice pronto, es la de la Santa Creu. Tiene un jardín muy cuidado y un palo de madera a modo de barrera que supuestamente prohíbe el paso. De ella nos marchamos por el “camí dels totxos”, en el que aún son visibles los restos de una baranda que evitaba que los burros que llevaban provisiones a Sant Dimes se despeñaran sobre el monasterio. Pronto Javier, que va como una moto, abandona la senda, se inmiscuye en el GR y lo abandona para plantarse en Sant Benet, antigua ermita y conocido refugio de escaladores. Son las 12:50. Una vez hecho acto de presencia descendemos hasta Santa Anna, la decimoquinta ermita. ¡Sí, la última! Son las 13:00 cuando la alcanzamos. Así, el objetivo del día queda cumplido. Quizá valga la pena comentar, después de tanta ermita, que en ellas residían los monjes ermitaños, personas con fama de llevar una vida ejemplar y que solían recibir la visita de peregrinos que, una vez llegados a Montserrat, no querían regresar a sus respectivos hogares sin conocerlos. Además de escuchar y de dar consejo a los peregrinos, los ermitaños se dedicaban al cuidado del huerto y al estudio. También eran buenos esculpidores de la madera del boj, con la que realizaban objetos cotidianos tales como cuencos o cucharas, así como rosarios y cruces. El peregrino solía hacerse con una de ellas a modo de souvenir, pues por entonces las postales aún no existían.

 

Alguien podría preguntarse el porqué de que algunas ermitas estén derruidas. Me refiero a Sant Jaume, Santa Magdalena, Sant Antoni, La Trinitat, la antigua Sant Joan… ¿Quizá a causa del paso del tiempo? Puede que sí. Pero la causa principal fue una guerra, la del Francés (1808-1814), durante la cual algunos ermitaños fueron asesinados y las ermitas acabaron o bien destruidas o bien abandonadas. Afortunadamente, la tendencia actual es la de conservarlas y acondicionarlas para su visita mediante la señalización y la eliminación de la baja vegetación que las oculta. Bien es cierto que la ruta de las quince ermitas, si fuese señalizada, permitiría su acceso a multitud de gente que ahora ignora su existencia, pero por un lado podría molestar a los que residen en ellas y desprenderlas de su esencia como lugar apartado para la meditación, y por otro, estos rincones ajenos a las masas comenzarían a sucumbir ante la socialización de la montaña, y tal reducto de sorpresa, de rincones y de autenticidad podría convertirse en una masificación parecida a la de la ruta que une el monasterio con Sant Jeroni. Quizá el presente escrito ayude a no situarse ni en un extremo ni en el otro, y en ese sentido, lejos de la masificación, tampoco seamos cuatro o cinco personas las que sepamos encadenar las quince ermitas en una excursión de unas cinco o seis horas. Así, quizá para alguna alma inquieta estas líneas supongan una invitación para echarse la mochila a la espalda, calzarse las botas y echarse al monte a por las 15 ermitas.

 

Por cierto, en Santa Anna no acaba todo. Luego vienen unos ochocientos escalones de propina hasta el monasterio en los que nos cruzamos con todo tipo de fauna humana que sube con este calor hacia el punto culminante del macizo, aún en sus primeros compases de la ascensión. Por si no tuviésemos suficiente con los quince santos, Javier aduce que en vez de regresar al coche por la carretera, hay que hacer primero el Camí dels Degotalls, plagado de cerámicas con motivos religiosos. Se trata de un camino marcado como Camino de Santiago, que por estos lares recibe el nombre de Camí de Sant Jaume. En fin, que a las 13:40, tras algo más de seis horas y media de subidas y bajadas, nos plantamos de nuevo en el coche con las quince ermitas en el bolsillo y la satisfacción que ello conlleva. Y es que recorrer una ruta única no es algo que se pueda hacer cada día.

 

P.D. Te invito a visitar mi canal de Youtube Feliz Éxito aquí:  www.youtube.com/felizexito


1 Comentarios
Enviado por Jorge el jueves 20 de abril de 2017

“Tengo que hacer esta ruta”


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