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lunes 21 de marzo de 2016, 01:00:34
13-03-16: XVII Marxa dels Castells de La Segarra
Tipo de Entrada: RELATO | 1 Comentarios | 833 visitas

En compañía de Víctor realizo una caminata popular de 54,140km en tierras leridanas. En concreto, participamos en la decimoséptima edición de la Marxa dels Castells de la Segarra, con inicio y final en la plaza de la Universidad de Cervera y con comida en Guissona, desde donde es posible retirarse tomando uno de los autobuses de la organización tras haber realizado 37,5km. Según el sitio web, la mejor manera de conocer los castillos de La Segarra y de disfrutar de un entorno espectacular. Si bien los castillos por sí solos ya representan un atractivo, el paisaje que nos ofrece la comarca durante el inicio de la primavera, con su verde intenso y los árboles florecidos, acaban de redondear el espectáculo de la caminata. Además, es una prueba puntuable, como en las últimas ediciones, de la Copa Catalana de Caminatas de Resistencia.

 

El reloj marca las 04:50 cuando parto de casa, abrigado, para alcanzar el coche. En una hora y media me planto en Cervera, capital de La Segarra, comarca leridana situada en un altiplano, de clima continental con inviernos fríos y una vegetación compuesta principalmente por campos de cereales, con algunos pinares y encinares, según Wikipedia. Sí, es la primera vez que la visito. Desde la calle en que aparco –Avinguda Francesc Macià– me dirijo hacia el centro, en concreto a la Universidad de Cervera, donde recojo la camiseta, una botella de agua que se puede ir rellenando en los avituallamientos y el dorsal –de hecho es una tarjeta plastificada, como un carné– que debe mostrarse en los controles y es leída a través de teléfonos móviles. Se trata de un edificio construido entre 1718 y 1740, bastante imponente, que albergó una universidad hasta el año 1842, cuando el General Espartero, mediante un decreto, la incorporó junto a la Universidad de Palma a la Universidad de Barcelona. Por lo visto, las chapuzas educativas orquestadas desde el ámbito político vienen de lejos y lo más seguro es que nos sobrevivan.

 

En el exterior aún es de noche. Intento localizar a Víctor entre los 2176 participantes que a las siete en punto vamos a tomar la salida, de los cuales 1819 lograremos completarla, pero es él quien me encuentra. ¡Hace más de una década que no coincidimos! Aun así, no ha cambiado demasiado y, entre otros, mantiene su forma de reír. Hablando de cosas varias, básicamente sobre lo acontecido durante este tiempo –ya tiene hipoteca y está a punto de pasar por el altar–, dan las siete y la prueba comienza. Dado que superamos los dos mil participantes y que, sobre todo los situados cerca de la pancarta de salida, algunos la van a realizar –o al menos, comenzar– corriendo, tardamos unos cuantos minutos en iniciar realmente la caminata, aunque al no haber chip es en realidad tiempo que cuenta y sí, de este tiempo consumido podría venir que Víctor supere o no su mejor registro, el de su segunda participación: once horas y quince minutos. Según me dice, la primera vez tardó cerca de doce horas, siendo actualmente el tiempo máximo establecido catorce horas. Le haría gracia un registro de 11h11min, a juego con su dorsal: el 1111.

 

No tardamos en dejar la población atrás: Cervera, con una población inferior a los diez mil habitantes, no es precisamente una ciudad grande. Como este año el sentido es horario –se alterna, año sí y año no, con el antihorario–, nuestros pasos se dirigen a La Cardosa, una pequeña agrupación de casas emplazadas en medio de los campos de cereal; ¡diríase que se trata del Camino de Santiago a su paso por tierras castellanas! Qué magnífico amanecer, con el rojo disco solar elevándose rápidamente sobre un horizonte de cultivos. ¡Brutal! El siguiente lugar por el que pasamos es Montcortés de Segarra, un conjunto de casas de los siglos XVIII y XIX presidido por un castillo de piedra picada, planta rectangular, dos torres gemelas cuadradas, gran portada de medio punto y ventanales renacentistas. Vamos, que es bonito de ver –y de fotografiar–. Además, se encuentra la iglesia de Santa Anna, del siglo XVI, todo ello rodeado de extensos campos de cereal. ¡Por algo recibe el nombre de Marxa dels Castells! A lo lejos, mar de cereal adentro, se divisa l´Aranyó, situado en el kilómetro 8,6. Son las 08:40 cuando alcanzamos su control y avituallamiento, el primero de la jornada.

 

Donuts, chocolate desecho, en tableta, zumo de naranja… ¡energía por un tubo! Mientras sorbo el chocolate caliente –gorro y tapacuellos mediante– observo como una hilera humana se aleja, cual barrera cortacereales que impide que estos se propaguen de un lugar a otro. ¡Espectacular! En este pueblo, también perteneciente al término municipal de Plans de Sió, además de iglesia, hay de nuevo un castillo de grandes dimensiones, de planta poligonal y torre cuadrada, en el que nació el escritor Manuel de Pedrolo, cuya familia lo compró en el siglo XIX. ¡Naciendo en un lugar así no es difícil acabar novelista y poeta! Bastante saciados, abandonamos el lugar y nos encaminamos a Sisteró. Dos señores que practican el vuelo a motor a baja altura para tomarnos fotografías –Víctor dice que vienen cada año– y el cruce de un canal de riego con apenas agua son el toque de color de este largo tramo. Al llegar al pequeño pueblo, junto a una pequeña plaza con fuente, se encuentra la báscula municipal. ¡Qué recuerdos del Camino! No muy lejos, en Les Pallargues, con la torre de la iglesia asomando en lo alto, alcanzamos en segundo avituallamiento, este de agua y gominolas: hay coca colas, plátanos, melocotones y nubes, todo de goma claro. Umm… qué goloso soy. Dado que en el lavabo hay bastante cola, decidimos esperar a que estemos de nuevo en el campo. ¡Ancha es Castilla!

 

Atrás dejamos el pueblo, también perteneciente, desde 1974, al término municipal de Plans de Sió –es su capital y alberga el Ayuntamiento– y nos dirigimos hacia Florejacs, donde el mes pasado finalizó una de las dos caminatas de preparación, justola que Víctor realizó. Se trata de un pueblo más grande que los anteriores, bien visible desde lejos, coronado por un gran castillo. Lo alcanzamos –fichamos– a las 11:52, es el segundo control del día y tercer avituallamiento. Hay pastas de chocolate y frutos secos –para la boca–, gominolas –para el bolsillo– y fruta –otra vez será–, además de agua. A estas alturas –25,1km y casi cinco horas de marcha–, uno ya no se fija tanto en la arquitectura. Pasemos a la historia pues. Parece ser que en la Edad Media el castillo existía pero no así el pueblo. Además, formó parte de la línea fronteriza entre el mundo árabe y el cristiano durante la Reconquista y la repoblación de la zona. Sus propietarios realizan visitas guiadas (http://www.castelldeflorejacs.com) e incluso ofrecen alojamiento en la Casa del Senyor de Florejacs, de nombre Cal Formiguera. ¡Cualquiera diría que voy a comisión! Junto a una barandilla, a las afueras, observo con la mirada perdida los campos ajeno al bullicio que me rodea. Cada vez somos menos: el pelotón se está estirando, aunque no precisamente por nuestra velocidad. Nuestro ritmo, cinco kilómetros por hora, está bien pero tampoco es nada del otro mundo. Nos lo estamos tomando, de momento, con bastante calma.

 

El siguiente tirón es hasta Guissona, situada en el kilómetro 37,5. Eso ya son palabras mayores: uno ya no llega tan fresco como a los 25. Por mis múltiples experiencias en llano por pista forestal en el Camino de Santiago, sé que mi sufrimiento comienza a aparecer y a aumentar exponencialmente a partir de los treinta kilómetros, siendo muy marcado en los cuarenta y algo. Según el mapa, nos dirigimos primero hacia el lugar más lejano de Cervera, a partir del cual emprendemos una especie de retroceso en diagonal que nos lleva a un castillo aislado, de nombre Castell de les Sitges, del cual el escritor Josep Pla dejó escrito que transmite una crispación guerrera que no se ha evaporado con el paso de los siglos, y una majestuosa torre del homenaje, bellísima. Según un plafón informativo, supera los veinte metros de altura.  Unas chicas me piden que las fotografíe y aprovecho para que nos inmortalicen a mí y a Víctor quien, como antaño, sigue siendo reacio a que le tomen fotos. A su lado, una iglesia o ermita, o más bien lo que resta de ella, se mantiene parcialmente en pie en su lucha contra el paso del tiempo, el olvido y el desdén del hombre. Poco le debe quedar si alguien no le pone remedio. Nosotros, por nuestra parte, lo que no olvidamos es la comida que nos espera en Guissona. El calor aprieta –son la una y media– cuando la divisamos a lo lejos. Diríase que las naves de la empresa bonArea son más grandes que el pueblo, ¡qué pasada! Carne, embutido y huevos por doquier, podría imaginarse ya Don Quijote desde aquí lanza y adarga en mano.

 

La llegada no es agónica pero casi; qué duro que es caminar sobre el asfalto y las aceras. Son las 14:22 cuando fichamos en el control de acceso al polideportivo, donde comemos. Ya van casi siete horas y media de marcha. Un bocadillo de butifarra, una lata de Cocacola y otra de Aquarius, vino en porrón, pequeños donuts y una pieza de fruta ayudan a levantar el ánimo. Un cartel de la organización, cual competencia desleal a Pfizer, laboratorio fabricante de la Viagra, indica: acompanyament de ceba crua que fa aixecar la cua. Me imagino que está relacionado con la mejora de la circulación, como el chiste de Lepe con los arcenes llenos de cebollas para mejorar el tráfico. A Víctor le da un bajón de azúcar –dice que siempre le da aquí– así que se sienta en el suelo y esperamos a que se le pase antes de reiniciar la marcha. Nos quedan algo más de diecisiete kilómetros de caminata, es de suponer que algo más de tres horas de suplicio; algunos se lo van ahorrar: el autobús de las tres está a tope. Pero la verdad es que la parada nos ha ido bastante bien y retomamos el camino sin mayor problema. También ayuda el hecho de que pronto estamos de nuevo en los campos, lejos del asfalto para descanso de las plantas de nuestros pies. Dos ampollas en el pie izquierdo recién aparecidas empiezan a hacer de las suyas, pero hace falta bastante más para ponerme en problemas en una situación de flujo –según Mihaly Csikszentmihalyi– como la actual. Precisamente su libro, Fluir, Una psicología de la felicidad, es la lectura que tengo entre manos actualmente.

 

El Llor es un pueblo que pasamos rozando. Su castillo está en ruinas. Nunca dejará de llamarme la atención lo de báscula municipal. Una larga recta de carretera nos acerca a Castellmeià, castillo al que accedemos a través de una pista de tierra ascendente. Una vez arriba nos encontramos con un nuevo avituallamiento, esta vez de golosinas. De los turrones Vicenç d´Agramunt no hay ni rastro: quienes nos han precedido se los han ido comiendo hasta agotarlos. Además del castillo hay una ermita junto a la que procedo a mojarme los pies y cambiarme de calcetines por aquello de cuidar los pies y evitar las ampollas –o que vayan a más–. Víctor me saca unos cinco minutos de ventaja, así que al trote comienzo a adelantar a caminantes, lo que resulta realmente placentero, y acabo atrapándolo. De camino al último avituallamiento y control, situados en Castellnou d´Oluges, me llama la atención un pueblo situado en alto, Malgrat, dominado por el castillo homónimo, robusto y de estructura cúbica. Me fotografío con él al fondo y también junto a una cruz de término. Fichamos a las 17:05, es decir, llevamos diez horas y cinco minutos de caminata y el mejor registro de Víctor, que quiere batir, es de once horas y quince minutos. Para ello, deberemos completar los seis kilómetros que restan en menos de setenta minutos con casi cincuenta kilómetros en las piernas; va a estar justa la cosa. Viendo lo que se me viene encima, echo mano de las pastas de chocolate, los frutos secos, las golosinas y hasta de una porción de naranja.

 

Mi compañero se pone música en los auriculares y acelera el paso. Diríase que va a por todas. Ante una subida estrecha a través de sendero seguida de una pista, parece que se queda atrás, pero pronto me alcanza. Mirando al reloj, la cosa está justa. Ya vemos Cervera y, sobresaliendo, el edificio de la Universidad. ¿Seremos capaces de llegar antes de las seis y cuarto? El camino parece alejarse de la ciudad para rodear una pequeña colina, pero pronto toma rumbo definitivo hacia la urbe. Al alcanzarla el asfalto vuelve a castigar nuestros pies. Víctor está concentrado con la música y camina a un ritmo alto y constante; parece un gladiador antes de salir a la arena del anfiteatro, alguien que se cita con la historia. Soy incapaz de seguirlo –debe de ir a 7km/h y yo no doy más de 6km/h–, así que a ratos corro hasta alcanzarlo. Ya pasan de las seis; estamos en el centro histórico. Qué prisas. Ahora soy yo quien abre el paso. Tarjeta –dorsal– en mano, por no perder tiempo, entro en el edificio de la universidad. Último control, el de meta: 18:06:12. Víctor, satisfecho, ha rebajado su mejor marca en nueve minutos hasta las 11h06min. Su próximo reto, según manifiesta, es bajar de las once horas en la edición de 2017. Como dice Mihaly Csikszentmihalyi, ser feliz requiere establecerse metas cuya superación requiera el uso óptimo de nuestras habilidades. En esas estamos. 

 

 

P.D. Te invito a visitar mi canal de Youtube Feliz Éxito aquí:  www.youtube.com/felizexito


1 Comentarios
Enviado por Jorge el martes 22 de marzo de 2016

“La verdad es que me encanta leer tus crónicas, y ésta no es una excepción. Toda una gesta recorrer esos kilómetros en una jornada. Mi enhorabuena, David.”


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