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Recopilación de relatos sobre las aventuras vividas en la montaña y la naturaleza. También hay alguna galería de fotos. Si quieres ponerte en contacto conmigo escríbeme a dmiraher@terra.es
lunes 31 de octubre de 2011, 13:44:15
30-10-11 : Mi primera visita a la Serra del Cadí
Tipo de Entrada: RELATO

Realización de una ruta circular que incluye el ascenso al Pic de Costa Cabirolera por la Canal del Cristall en compañía de Jordi, Cris, Javier (Pratenc), Félix (Narhinan), Begoña, Arnau, Jordi y Roger. Concretamente el itinerario es este: Estana – Coll de Pallers – Collet Roig – Prat de Cadí – Canal del Cristall – Coll de la Canal del Cristall – Puig de la Canal del Cristall (2586m) – Coll de la Canal del Cristall – Salt del Sastre (2593m) – Pic de la Costa Cabirolera o Roca Punxenta (2604m) – Pas del Cabirol – Pic del Cabirol (2443m) – Pas de la Roca Plana – Coll de l´Estenedor – Prat de Cadí – Collet Roig – Coll de Pallers – Estana. En total, unas nueve horas de marcha a buen ritmo en las que lo hemos pasado muy bien y hemos disfrutado de unos espléndidos paisajes de alta montaña.

 

 

Son las cinco del nuevo horario cuando Javier y yo partimos de Barcelona con las bajas a última hora de Julio y Manuel, quienes deberán esperar un poco más para entrar en contacto por primera vez con la Serra del Cadí. Yo tampoco he estado nunca, y puedo estar contento porque Jordi, según me ha dicho, ha preparado una ruta que, si bien no pasa por el punto culminante del macizo, es muy chula, cosa que prefiero. Tras dos horas y dieciocho euros de peaje, nos plantamos con gran puntualidad –quedan dos minutos para las siete– en Estana, un pueblo perteneciente al municipio de “Montellà i Martinet” que cuenta con unos veinte habitantes censados. Jordi y Cris han pasado la noche en la furgoneta, en el mismo aparcamiento, y en cuanto nos bajamos a saludarles llegan Félix y compañía. Esta vez, aparte de haber venido con su hijo Arnau además de con Begoña, viene otro adolescente, Roger, acompañado de su padre, Jordi.

 

Una vez saludados y equipados, hacia las siete y cuarto, abandonamos el pequeño pueblo pasando junto a sus dos iconos más representativos: el restaurante, Cal Basté, y la iglesia de Sant Climent d´Estana. El primero de ellos cuenta con la posibilidad de dormir en su “refugio – pajar” por el módico precio de dos euros la noche. Se trata de un pajar con sesenta colchones en el que es necesario traerse el saco de dormir y las mantas, y puede ser una buena opción para el que quiera estarse en la zona unos días haciendo diversos corredores, pues está situado a una hora de la base de las paredes de la vertiente norte del Cadí. Las citadas paredes están plagadas de estrechas canales que esperan a los que piolet en mano se adentran en ellas cuando la nieve y el hielo las cubre y hace desaparecer, por tanto, tramos rocosos de difícil superación, como es el caso de la Canal de l´Ordiguer, que según me cuenta Jordi, carente de nieve cuenta con pasos de cuarto grado mientras que cuando está nevada estos quedan sepultados y el avance es menos dificultoso.

 

Nosotros nos dirigimos a la famosa Canal del Cristall, que al ser el corredor más sencillo (AD-, 400m, 55ºmáx) suele ser el utilizado para descender. El primer lugar que encontramos de camino, a unos diez minutos del pueblo, es Coll de Pallers, un lugar en el que también se puede dejar estacionado el coche pues además de contar con merendero, fuente y barbacoa, alberga un aparcamiento de tierra. Hasta aquí el terreno es en suave  descenso, lo que propicia que a la vuelta, tras casi nueve horas de marcha, puedas arrepentirte de no haber estacionado aquí el coche, pues el trayecto hasta el pueblo, además de ser evitable, es en ligero ascenso. De todas formas, yo prefiero salir desde el pueblo para así haber ascendido al Costa Cabirolera desde Estana. Además, es paisaje es muy bonito, en especial por ser la primera vez que lo veo, y no tiene nada que ver observarlo mientras se camina que a través de la ventanilla de un automóvil.

 

Poco después de dejar atrás el Coll de Pallers, la pista y el terreno llano pasan a ser historia y ante el excursionista de abre un bosque muy bonito de oscuros y verdes ejemplares de abetos y pinos negros adornado por la presencia de musgo y con un colorido suelo rojo. Tal coloración, sin duda, ha de ser el origen del topónimo Collet Roig (1770m), al que llegamos tras bastante rato de subida. En él hay una especie de hito de cemento en el que me poso con un pie en precario equilibrio mientras algunos de mis compañeros me fotografían. Desde aquí, a través de un camino agradable y de no mucha pendiente, llegamos al cabo de un rato –una hora en total desde el pueblo– a Prat de Cadí, un claro en el bosque cubierto de hierba amarillenta que, según me dice Jordi, en verano está completamente verde y aún más bello. Delante nuestro, a un tiro de piedra, tenemos las moles de las paredes de roca blanca que caen desde las mismísimas cumbres del Cadí hasta los pies de la sierra. Enfrente tenemos la Canal del Cristall y la Canal de l´Ordiguer. Junto a ella, la Canal Amagada… esta última hace honor a su nombre, y hasta dentro de un rato resta oculta, aunque se intuye su existencia. Va a parar a otra canal, la de Sabat, que según he leído es bastante estética. Tengo unas ganas enormes de subir y de descubrir qué me aguarda ahí arriba. ¡Sigamos adelante!

 

El acceso a la Canal del Cristall se hace bastante cuesta arriba, pero es tan solo el preámbulo de lo que nos espera: una canal con una pendiente de hasta 55º. Antes de acometerla hacemos una primera parada para desayunar. Algunos, como Arnau y Roger, irán sacando un bocadillo tras otro durante la jornada. Yo, de momento, me he ido comiendo unas galletas de chocolate por el camino y ahora aprovecho para no perder el calor, pues parado comienzas a coger frío y si te sientas, el culo se te congela de estar en contacto con la roca. Una vez alimentados mis compañeros seguimos adelante. En primera posición avanzamos Jordi y yo. Abajo tenemos Prat de Cadí, y más allá, distante a una hora, Estana. Arriba, en cambio, nos aguarda la Canal del Cristall, en la que no hay ninguna dificultad destacable, pero nos hemos puesto los cascos para protegernos ante posibles caídas de piedras. Las marcas blancas y amarillas del PR-C121, que llevamos siguiendo desde el pueblo, indican el mejor lugar por el que abrirse paso. Hay que andarse con ojo pues algunas rocas están húmedas y son propensas a los resbalones. La tierra también está húmeda, lo que según Jordi, propicia un avance más cómodo respecto a ocasiones anteriores en las que ha estado aquí. Igualmente, si no reparas bien, acabas dando medio paso hacia atrás en cada uno que das adelante.

 

Una vez superada una primera parte más encajonada y con grandes rocas, la canal se abre y aparece una gran “tartera” (pedregal). Es el punto en el que más hacia abajo te vas a cada paso, pues la pendiente es considerable y el lecho es inestable. Como le cojo una gran ventaja al resto, me voy a explorar una cueva que me ha dicho Jordi que hay en un resalte. En ella nace una fuente, pero no llego a encontrarla. Pronto vienen Javier, Jordi y Félix, y nos tomamos unas fotos. El acceso es algo aéreo y el resto no vienen. Lo más entretenido es grabar un vídeo desde el interior y entonces salir al mundo exterior y grabar la luz, el cielo, el pedregal, los prados, los bosques, y al fondo, el pueblo, la Tossa Plana de Lles (2916m), el Setut (2860m), la Muga (2860m) y las tierras andorranas. También es divertido hacer fotos de nuestras siluetas en la entrada, tomadas desde la cueva y con el azul del cielo como telón de fondo. Una vez retratados, regresamos a la canal y en menos de cinco minutos nos plantamos en el collado, llamado Coll de la Canal del Cristall. En él el paisaje cambia completamente pues, a diferencia de las paredes de la cara norte, hacia el sur se abren laderas cubiertas de hierba que bajan hacia un conocido, el Pedraforca, que hoy está envuelto por una cortina nubosa que amaga sus encantos.

 

El itinerario previsto sigue a mano izquierda, pero Jordi sabe que no se me puede dejar a cinco minutos de una cima. Tras hacer la valoración pertinente, decide que tiremos todos hacia el Puig de la Canal del Cristall (2586m). Lo hacemos directamente a través de los prados, y el primero en llegar soy yo. Pronto llega Jordi y mientras el resto accede a la cumbre, nos dirigimos a una punta desde la que vemos la salida de la Canal de l´Ordiguer. De hecho compruebo que tiene dos. La siguiente cumbre, ya más distante y estéticamente imponente, es el Vulturó o Puig de la Canal Baridana (2647m), la montaña más alta de la Serra del Cadí. Hoy no toca ir hacia allá, sino que tomaremos la misma dirección pero en sentido opuesto. Eso sí, le comento a Jordi que la próxima vez que vengamos, quizá el año que viene, podemos ir a por ella. Me dice que el pueblo de partida es Querforadat, no muy distante de Estana, y que se puede acceder a ella superando las paredes de la cara norte a través de la Canal Beridana, y cerrar la circular regresando por la Canal del Cristall. Pero hoy no estamos en eso, sino que toca regresar de nuevo al collado y acometer la subida al Pic de la Costa Cabirolera (2604m), un techo provincial, el de Barcelona. No lo abordamos por el GR-150.1, sino que tiramos por los prados, al borde de los barrancos de la cara norte, para coronar otro pico intermedio, el Salt del Sastre (2593m), que es bastante desconocido. Si hemos de hacer caso a su nomenclatura, aquí alguien relacionado con el sector textil decidió algún día que ya había vivido suficiente. Nosotros, de momento, no nos conformamos.

 

Tras esta cumbre, descendemos por el borde de los prados hacia un collado en el que muere un corredor, e iniciamos el ascenso a la montaña más alta de la provincia de Barcelona. Como todo son prados y no hay ni árboles ni arbustos, puede acometerse la subida por donde más te plazca y la pendiente la puedes adaptar a tu gusto, haciendo más o menos zigzags en función de lo que se prefiera: caminar menos pero con una mayor pendiente, o recorrer más metros y con una menor pendiente. Una cruz y un buzón metálico carente de libreta resisten los vientos, las nieves y el sol a estas alturas. Jordi me comenta que hay una cresta con pasos de segundo y tercer grado que llega hasta aquí, así que mientras ellos descansan en la cima, yo comienzo a descenderla para explorarla. Llegado un punto con vistas hacia más abajo, compruebo que no es nada provocativa y que es corta, además de que su roca es mala, así que la dejo estar y regreso junto a mis compañeros. Entonces tomo un fragmento de mi hoja de anotaciones y dibujo al grupo junto al vértice geodésico y la cruz y coloco el trozo de papel en el buzón, donde compartirá días y noches con un bolígrafo, una bola de papel de aluminio y una pegatina del Club Alpino Tajahierro, de Santander, cuyos miembros quizá sean coleccionistas de techos provinciales.

 

Haciendo el cabra nos plantamos en el Pas del Cabirol, de camino al cual hemos vistos un grupo de rebecos. Una fuerte bajada por “tartera” (pedregal) nos lleva a unos prados situados a menor altitud, por los cuales se puede acceder al poco conocido Pas de la Roca Plana y al más transitado Pas dels Gosolans. Nosotros, por descontado, nos vamos al primero, pero no por la senda, sino por el cordal, que es el lugar donde los prados mueren y dan lugar a las paredes verticales de la cara norte. Queremos subir a un pico también poco frecuentado, el Pic del Cabirol (2443m). Como hay dos picos y no se ve bien cuál de los dos es más alto, subo al primero y le informo al resto, que aguarda abajo, que el alto es el otro. Así que nos vamos todos para el otro, que debe de ser la cima auténtica. No hay ni hito, ni cruz ni nada, pero el mapa indica que estamos en la cumbre. En el software del GPS de Jordi no aparece tal cumbre. Haciendo el cabra de nuevo, nos dirigimos por los prados hacia el evidente collado que lleva por nombre Pas de la Roca Plana. Desde él hay que ir siguiendo unos hitos de piedra a veces nada evidentes hasta llegar al sí transitado Coll de l´Estenedor, lugar de paso para quien se dirige al refugio guardado Prat d´Aguiló. Pero no es un terreno nada fácil y resulta perdedor, e incluso unas rocas húmedas muy resbaladizas que hay que destrepar nos lo ponen difícil. ¡Menuda gracia haría caerse ahora con el casco en la mochila! No es para nada dificultoso, pero parece una pista de patinaje.

 

En el Coll de l´Estenedor algunos vuelven a sacar otro bocadillo –ya van tres o cuatro–. Por lo visto, las panaderías han tenido que cerrar hoy en las zonas de Manresa y Castellar del Vallès por agotamiento de existencias. Un perro que nos lleva acompañando durante toda la excursión, ya casi siete horas, echa a correr hacia unos abrevaderos tras haberse comido unas galletas que le he dado. Es de color negro, grande, delgado y tiene pelo blanco en el pecho. A saber cuántas veces ha ascendido al Costa Cabirolera; raro sería que seamos los primeros con los que se viene de excursión desde el pueblo. El camino que va hacia Prat de Cadí se llama Camí dels Collets, y como suele ser habitual, hace honor a su nombre. Va pasando por diferentes colladitos, y eso implica multitud de bajadas y subidas para unas piernas y un cuerpo que no están tan frescos como a las siete de la mañana, antes de acometer tantas cimas y tantos terrenos pedregosos. Le reto a Javier a que me deje atrás, pero no puede. Echa medio a correr y lo sigo. Diríase que estamos en un final de etapa en alto en el Tour de Francia, y cada vez que ataca, le respondo y le sigo su estela sin que logre desprenderse de mí. Sí, después de tantas horas, uno ya empieza a estar aburrido, máxime si ya se está regresando y nada interesante se espera hasta llegar a los coches.

 

En Prat de Cadí Arnau y Roger vuelven a sacar otro bocadillo, y Félix llama a Cal Basté para encargar mesa para ambos, para él, para Begoña y para Jordi. ¡Menudas horas de comer! Ahora mismo son las tres. De camino al pueblo, a una hora de distancia, ellos se adelantan, supongo que impulsados por sus estómagos y por sus ensoñaciones gastronómicas. Yo he puesto el modo automático desde hace rato, exactamente desde Coll de l´Estenedor, así que no sufro mucho por el regreso y me dejo llevar por la inercia mientras pienso en otras cosas. Javier va conversando con Jordi y con Cris sobre Les Agudes por los Castellets, entre otros asuntos. Al llegar a Coll de Pallers, Jordi comenta aquello de que ahora iría bien tener el coche aquí. De todas formas, el pueblo no tarda en llegar –vale, los que no tardamos en llegar somos nosotros– y en la fuente nos encontramos con nuestros cinco compañeros, que se están poniendo decentes para ir al restaurante. Nosotros dejamos el equipo en el coche y nos cambiamos las botas por las bambas y nos dirigimos a Cal Basté, donde esperamos a que lleguen los otros cinco. Ellos se quedan en el interior, donde hace un calor terrorífico y hay mucha gente, mientras que nosotros cuatro nos tomamos unas Coca Colas y unas patatas fritas en la terraza, en la que se está más fresco. Una única mesa con cuatro sillas y un sofá de tres plazas que alberga a un gato atigrado y manso es todo lo que hay. Enfrente, a varios kilómetros, tenemos las paredes de la cara norte del Cadí, con la Canal del Cristall y la de l´Ordiguer fácilmente reconocibles. También lo es el Costa Cabirolera, de forma estética y puntiaguda. ¡Y pensar, Coca Cola en mano, que hace nada estábamos ahí arriba!

 

 

 

En mayo de 2011 he publicado La ruta de las estrellas, una novela ambientada en el Camino de Santiago que trata acerca de la peregrinación de una pareja de montañeros. Puedes seguir mis comentarios y los de los lectores visitando la web www.facebook.com/larutadelasestrellas  y si le das a "ME GUSTA" serás seguidor y podrás participar también. Por otro lado, la envío a domicilio por 10 euros con los portes incluidos. Si te interesa, escríbeme a larutadelasestrellas@gmail.com Otra forma de adquirirla es en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Via 616) o en su página web. Buen Camino. 


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domingo 23 de octubre de 2011, 10:47:53
15-10-11 : La magia del Pedraforca
Tipo de Entrada: RELATO

Pocas montañas de una altitud inferior a los 2500m se muestran tan espléndidas, hipnóticas, abruptas y provocativas. Víctimas de su atracción, ascendemos hasta el Pollegó Superior (2498m) y su vecino Calderer (2493m) Julio, Manuel, Jordi y yo. Los dos primeros no han estado nunca en este macizo, y como Jordi hizo las funciones de guía hace tres sábados en el Puigsacalm, hoy me toca a mí dirigirlos por el buen camino, lo que no es poco para la fama que algunos me atribuyen de inquieto montañero más dado a la exploración de nuevos terrenos que a seguir la senda establecida. Pero le digo a Jordi que no, que voy a ser bueno, cosa que cumpliré en gran parte de la salida.

 

 

Prendado por el recuerdo de la magia del Pedraforca, montaña por la que sentí un amor a primera vista, me aproximo por tercera vez a sus altivas paredes, en esta ocasión en compañía de Manuel, con el que he quedado a las seis de la mañana en la rontonda de Potosí, en Barcelona. Tras varias horas de viaje, pasando por entre otras, por Sabadell, Terrassa, Manresa y Berga, nos plantamos cinco minutos antes de la hora establecida, las ocho, en el aparcamiento del Mirador de Gresolet, a escasos quince minutos a pie del refugio de montaña Lluis Estasen (1668m). Tal equipamiento al servicio del montañero lleva por nombre el de un señor que, según la wikipedia catalana, fue el que “introdujo la técnica del piolet y los crampones en España”. La filosofía de este gran escalador, según la citada fuente, incluía un acercamiento a la montaña con la finalidad de contemplar una gran obra maestra: la naturaleza. En ese sentido, no me extraña que pasara tanto tiempo colgado de las paredes de este macizo.

 

Como era de esperar, Jordi y Julio ya están en el lugar. El primero ha pernoctado en el mismo aparcamiento en la furgoneta junto a Cris, la cual aún duerme pues, por lo visto, no le gusta el Pedraforca y no tiene intención de acompañarnos. El segundo ha  pasado la noche en la zona con María (Intineta), que nos va a acompañar durante los primeros compases de la excursión y no más a causa de sus molestias en la rodilla. También se encuentran presentes varios cocker spaniel: el de María, Duna, y otro que tiene aspecto de Mozart por su blanca cabellera y del que la perra que nos acompañará ha quedado prendada; sí, como yo del Pedraforca. Con ella, con su dueña, y con mis tres compañeros de ascensión, parto a las 8:27. En las primeras escaleras, las que salen del asfalto, ya me invitan a encabezar la marcha, cosa que delego a Manuel, en principio nuestro eslabón más débil, aunque sería más correcto hablar del menos fuerte. Con menudos se ha juntado para ascender al Pollegó Superior y al Calderer…

 

En los primeros compases de la marcha, intercambiamos impresiones sobre variopintos temas, algunos de índole inconformista ante el sistema establecido. Jordi siente curiosidad por saber si es verdad que porto una Cola Lidl, pero de momento tendrá que esperar para salir de dudas. Incito a la perra a seguirme en primera posición y a aligerar el ritmo. Manuel, María, Julio y Jordi van charlando y casi nos vamos por otra dirección al estar despistados, concretamente planeando una ascensión al Gran Paradiso para la próxima temporada. El último de ellos me dice que la condición es dormir en el refugio intermedio, nada de una acometida en una sola jornada; también quiere asegurarse en un lugar como Ulldeter de la conveniencia de sus futuros compañeros de cordada. Otros futuros proyectos que nacen de nuestra andadura de hoy son una ascensión con raquetas de nieve a la Tossa Plana de Lles, y otra sin nieve por el Cadí, sierra en la que ni Manuel, ni Julio ni yo hemos estado nunca, por lo que los guían serán Jordi y Cris, y la fecha, dentro de dos domingos.

 

A la altura del gran refugio, María y Manuel se van a la fuente a por agua. Yo, de mientras, observo un cartel con diferentes direcciones, entre ellas las que llevan al Pollegó Superior por la tartera o por el Coll de Verdet. Esta última, en ligero descenso, es la que tomamos nosotros para dentro de seis horas regresar por la otra. Se trata de realizar un flanqueo por la parte baja de la montaña, casi el único tramo sin una considerable pendiente de toda la ruta hasta la cumbre. Una espesa niebla nos amaga las grandes y blancas paredes del Pedraforca, pero en ocasiones surgen del algodón celestial que las embadurna y aprovecho para indicarle a Manuel que hemos de subir aún más alto que ellas; ¡como que vamos al punto culminante del macizo!

 

Cuando estamos a punto de iniciar las constantes cuestas arriba, demostrando su gran conocimiento del terreno, María se despide e inicia el retorno. Como es la que en más ocasiones ha ascendido a esta montaña, tampoco creo que le suponga un gran trauma no poder coronarla una vez más. Jordi y yo, en cambio, la hemos ascendido sólo en un par de ocasiones –él quizá tres o cuatro–, pero cada acometida es distinta y la excursión, como no, resulta irrepetible. Recuerdo con mucho cariño mi primera vez, aún como montañero inexperto, incauto, inquieto y con muchas “i” más, aunque más mérito tuvo la segunda, en la que logré que Alba saliera indemne de tal itinerario, aunque el descenso de la “tartera” (pedregal) se le hizo inhumano y más largo que un día sin Cola Lidl. Hoy, nada tiene que ver con ninguna de ambas salidas, y como recalca Jordi, la gracia está en repetirla con gente que nunca la ha hecho. Ahí está la clave de que Avi Jordi haya realizado ya unas treinta veces la vía ferrata Baumes Corcades de Centelles. Y las que le faltan…

 

Llegado a un torrente en un lugar abierto, con un abrevadero de madera y un tubo negro del que brota agua, sigo a los dos chicos que van delante mientras camino abstraído en la conversación que mantengo con Manuel. Resulta que nos estamos yendo para otro lugar, desde el que sin duda también lograríamos acceder al Coll de Verdet pero supongo que por la retaguardia. Jordi, que va bastante más atrás con Julio, nos pega un grito para advertirnos de nuestro error, y al ver que tardo en regresar –estoy escrutando la zona, pues el Coll de Verdet es visible arriba, intuyendo si se puede acceder de manera fácil por otro lugar diferente– me pregunta que qué quiero hacer. “Nada”, le respondo, y regreso como buen niño –si es que ser dócil es bueno– hasta la senda establecida junto a Manuel y Julio, que ha venido a ver qué hacemos aquí. En ella hay una procesión de gente, aunque por atrás debe de haber mayor masificación, pues Manuel y yo hemos partido de Barcelona bien temprano. Como ha sucedido hasta ahora, rebasamos a gentes que no han medido bien sus fuerzas y deben parar a tomar aire asfixiados. No hay duda que la forma más rápida de superar una cuesta, y la más relajada, es siguiendo el propio ritmo, no el del prójimo o el que se cree que uno tiene. Para conocerlo, no hay nada mejor que la práctica; siempre será menos sufrido que el método del ensayo y error.

 

La rampa final de acceso al Coll de Verdet, tras tanta subida, se hace literalmente cuesta arriba. Suerte que este es el cuarto sábado consecutivo que salgo a la montaña –Puigsacalm, Montserrat y Canigó– y mi biorritmo ya tiene un pico de actividad el día previo al descanso dominical que me provee de las fuerzas necesarias para vencer a la gravedad paso tras paso, metro a metro. En el herbáceo collado un frío viento arremete contra el montañero que osa encaminarse hacia la Canal del Verdet, donde hace tres semanas falleció una profesora de física y química de Mataró. Se trata de un lugar con un negro currículum al respecto, y si análogamente a los puntos negros de la carretera, se hiciera algo similar en el mundo montañero, sin duda esta transitada canal aparecería en el “top ten”. A ella nos dirigimos con la debida cautela y ohhh, sorpresa. No es un catálogo de “Miró”, sino una cola para acceder a ella la que llama nuestra atención y nos hace sentir parte del rebaño. ¡Bendita la soledad del Pollegó Inferior!

 

Un señor nos informa de que hay bastantes niños que van al frente del numeroso grupo, lo que invita a buscarse la vida trazando un itinerario paralelo que no pueda afectarles por exposición a caída de piedras. El primero en hacer el cabra es Julio, que es muy dado para ello, seguido de Duna, la cocker spaniel que tanto llama la atención en estos lares. Yo me mantengo a la espera y, cuando llegan Jordi y Manuel, les informo de que Julio ha tirado recto por ahí. Le pregunto a Jordi y, vistas las retenciones, me dice que adelante, así que tomamos la directa uno a uno. Una vez reunido con Julio, le comento que hay que adelantar a los niños antes de llegar a la chimenea final, si no queremos perder por lo menos media hora. En poco tiempo los dejamos a todos atrás y salimos de la Canal del Verdet, ya en las inmediaciones del pico norte (Cim Nord, 2475m). Abajo vemos como Manuel y Jordi adelantan al numeroso grupo justo antes del paso más difícil, equipado con un cable de acero, que sin duda van a tardar un montón en superar. Jordi les pregunta si necesitan ayuda y recibe un “no, gracias” como respuesta. Yo también me he llevado lo segundo antes al comentarle al guía lo que les espera por delante y preguntarle si todo va bien.

 

Encaramados al Cim Nord, Jordi duda de que lo sea porque su GPS lo sitúa en otro punto que, sin necesidad de tecnología norteamericana alguna, es claramente más bajo. Acaba diciendo que vale, que tengo razón, que estamos en lo alto del pico. Entonces hace algo en su aparato para que marque que ha pasado por él. Por lo visto, el artilugio guarda el track y luego te da el desnivel, la distancia, el tiempo, etc, siempre y cuando no se quede sin cobertura, cosa que sí le va a suceder dentro de un rato. A partir de ahora, diríase que por altitud ya lo tenemos a tiro, pero nada más lejos de la realidad: esto se parece a la Cresta de Castellets de acceso a Les Agudes. Es preciso descender –con algún destrepe– y ascender –sí, has supuesto bien, con alguna trepada– varias moles rocosas hasta llegar realmente a lo alto del auténtico Pollegó Superior, lo que a lo tonto puede suponer media hora más de excursión. A eso venimos, ¿no?

 

La altura ganada nos permite aparecer sobre el mar de nubes y contemplar algunas montañas que también emergen del mismo como islas en el mar, cual archipiélago soñado por todo montañero. Me refiero a algunas cumbres de la vecina sierra del Cadí cuyos nombres desconozco –no así el túnel que lo atraviesa, cuyo peaje cuesta 11,63 euros– y a la zona del Puigmal, incluyendo el Noufonts, desde donde Félix (Narhinan) “nos está viendo” –por la misma regla de tres, nosotros lo vemos a él–. Un tropiezo tonto no pasa de ser tonto; Duna sigue valiéndose por sí misma; Julio sigue disfrutando de hacer el cabra –ya le dije que le iba a gustar el Pedraforca–; Manuel y Jordi van más atrasados; al fin, la cumbre. El punto culminante, estrecho, se halla disponible, así que aprovecho para sacar la foto de Xavier (Amunt) y Julio me fotografía junto a ella, lo que me hace seguir la estela de Salvador y Avi Jordi, entre otros, que lo homenajean llevándoselo consigo a las cumbres en formato foto a la espera de que pueda hacerlo por sí mismo en un futuro no muy lejano.

 

Pronto llegan Manuel y Jordi y los cuatro nos tomamos una fotografía de cima. Como se trata de un lugar concurrido y con mucho jaleo auditivo, comenzamos el descenso hacia un lugar más tranquilo en el que desayunar. Es el momento de servir la Cola Lidl de dos litros en vasos de plástico, y las patatas y las olivas en varios platitos. ¡Hoy he venido preparado! Manuel me comenta que no le gusta la Coca Cola, sino la Fanta, pero como no lo sabía, pues deberá conformarse con su monóxido de dihidrógeno, con el que hay que andarse con ojo según su entrada en la wikipedia española. Lo que no rechaza, son las patatas onduladas. Me sabe mal haberme olvidado los palillos, que tenía pensado traer para poner algunas olivas en remojo en nuestras Cola Lidl. Parece que esta marca blanca, considerada en algunos foros de internet la más fiel a la auténtica Coca Cola –a mí también me lo parece–, les ha gustado, y no hago más que rellenarles el vaso una y otra vez e incitarles a comer olivas para que se acaben. ¡Hay que ver qué bien sientan estas cosas a partir de cierta altitud!

 

Una vez acabado el refrigerio, nos dirigimos al cercano Calderer, por el que Jordi ha venido hoy a la excursión. A esta cima poca gente va, pues lo normal es ascender hasta el Pollegó Superior e iniciar el regreso, y de los cuatro soy el único que lo ha coronado. Es un pico que aparece en la guía de vías ferratas y caminos equipados que ha publicado recientemente Editorial Alpina. Resulta que viniendo desde el Pollegó o la “enforcadura” es preciso superar varios tramos equipados con cadenas, la última de las cuales hay que subir a base de fuerza de brazos. Manuel no lo ve claro porque le dan miedo las alturas y nunca ha recorrido ningún tramo de canal equipada. Le aseguro que el ascenso no está expuesto a grandes patios y le invito a probar, pues siempre se está a tiempo de no continuar. Así, nada más llegar a la primera pared con cadenas, lo situamos entre yo y Jordi, mientras Julio ata a la perra, pues es imposible que pueda subir por aquí. Le voy indicando dónde debe sujetarse y dónde ir colocando los pies, y así, poco a poco, nos ventilamos fácilmente el primer tramo de cadenas. A todo esto Julio ha regresado y lo hemos dejado pasar para que tire para arriba solo, pues ha de regresar cuanto antes junto a la perra, que lo aguarda con inquietud perruna.

 

El segundo tramo de cadenas, como mi recuerdo indica, es más complejo, y sin ellas dudo que pudiera superarse a causa de una lisa roca en la que hay que subir a pulso ayudado de ellas. Manuel no lo ve claro y se pone nervioso ante la llegada de dos montañeros, así que los dejamos pasar. Jordi le dice que nunca ha de preocuparse porque venga gente detrás, que él ha de ir a lo suyo. Le doy unas inidcaciones y le digo que tras ambas cadenas solo queda un pequeño paseo hasta la cumbre. Finalmente acaba pasándolas, eso sí, habiendo dejado la mochila abajo. Resulta que se trata de un paso estrecho y puede resultar tan molesta que impida el paso. Julio pretende regresar sin alcanzar la cumbre para reunirse con la perra, pero lo animo a seguir, advirtiéndole de que no le quedan ni dos minutos andando. Así, la corona y abandona el lugar antes de que nosotros lleguemos, lo que comporta que en la foto de cima solo aparezcamos los tres. Dos personas más hay en la cumbre, lo que contrasta con la masificada cima vecina, en la que parece que los pequeños humanos no quepan y algunos vayan a precipitarse al vacío.

 

El regreso es un poco más laborioso que el ascenso. Manuel ya ha aprendido a manejarse en una roca lisa con una cadena como ayuda, pero Jordi acaba enganchándose con la mochila a la pared. De todas formas, acabamos saliendo del Calderer satisfactoriamente y con la cumbre en nuestro palmarés –yo por segunda vez–. Una vez reunidos con Julio, tomo un descenso directo hacia la “enforcadura” por un terreno de pendiente media –vale, baja a saco– en el que haciendo pequeños zigzags perdemos altura rápidamente. Antes de practicar el descenso de “esquí de tartera”, les informo de que me acerco un momento a la brecha oeste para ver si es accesible sin necesidad de escalar. Es un dato que me será útil de cara a planear una futura ascensión al Pollegó Inferior, unas doscientas o trescientas veces menos visitado que su hermano mayor y que aún no he tenido el honor de subir. Por ganas no será, pero como hoy no he venido solo, me conformo con ir a hacer una pequeña exploración de sus accesos.

 

Y sí, tras una pequeña trepada, me planto en diez minutos en la brecha que hay entre el Pollegó Inferior (2436m) y el Fals Pollegó o Cim Occidental (2407m). Intento atisbar una vía de ascenso, en especial la canal herbosa que te lleva hacia su cumbre, pero únicamente dispongo del tiempo que he empleado para llegar hasta aquí, pues no quiero dejar solos a mis compañeros y me apetece ver cómo les va a Julio y a Manuel el descenso de la famosa “tartera” (pedregal). No tardo mucho en alcanzarlos, pues en ella cuanto más imprudente se es más rápido se baja. Cada paso es un desafío al equilibrio y un baile con un compañero llamado resbalón. No hay más que levantar la vista –bueno, más bien bajarla– para ver lisiados por aquí y por allá. Una chica incluso es atendida botiquín en mano. Otro niño se lamenta de los dedos; una niña, en cambio, parece un poco harta de todo y paga su frustración con su amigo. Pronto paso a ser parte de esa especie de hombre, el que ha caído durante el descenso. No es durante mi rápido descenso hasta ellos, sino en un tranquilo “esquí de tartera” junto a Manuel. Por suerte no pasa de una raspada y me vuelvo a maldecir por haber caído por enésima vez en la trampa de la confianza. Hay que ver lo que me despista conversar con alguien, menuda abstracción. El sábado pasado casi me voy para abajo por un terraplén del Canigó por señalarle a Julio dónde estaba el coche, en el punto más fácil de todo el macizo, un sendero llano…

 

Al acabar nuestro descenso de la “tartera”, una perra con 33 tresmiles en su haber, Brush, nos espera junto a su dueña, Cris, que ha venido a esperarnos. Con ambas emprendemos el largo flanqueo de la montaña que nos lleva hasta el refugio Lluis Estasen, y poco después, a las 14:40, al mirador de Gresolet, donde nos reunimos con María, que confiesa haberse aburrido un poco. Llega el momento de lavarse un poco los pies, cambiarse de calcetines, echar un rato la charla y despedirse para iniciar el regreso a Barcelona con Manuel. Eso sí, del que no me despido es del Pollegó Inferior, que algún día verá como mis botas le pisan el cogote para satisfacción de mi intelecto. Hasta entonces, con otras montañas habrá que conformarse, pues amores a primera vista pocos hay, pero ya se sabe, tampoco es cuestión de abusar, pues todo lo bueno acaba cansando y es mejor dejar la visita al Pedraforca para contadas y placenteras ocasiones. ¿Será su blanca hermosura? ¿Su atractiva silueta? ¿Sus esbeltas paredes y solícitas cumbres? No, es su magia; la magia del Pedraforca.

 

 

En mayo de 2011 he publicado La ruta de las estrellas, una novela ambientada en el Camino de Santiago que trata acerca de la peregrinación de una pareja de montañeros. Puedes seguir mis comentarios y los de los lectores visitando la web www.facebook.com/larutadelasestrellas  y si le das a "ME GUSTA" serás seguidor y podrás participar también. Por otro lado, la envío a domicilio por 10 euros con los portes incluidos. Si te interesa, escríbeme a larutadelasestrellas@gmail.com Otra forma de adquirirla es en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Via 616) o en su página web. Buen Camino. 


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domingo 23 de octubre de 2011, 10:40:22
08-10-11 : Ascensión al Canigó desde Merialles.
Tipo de Entrada: RELATO

Mi primera visita al macizo del Canigó tiene por objetivo realizar la cresta que une el Gasamir de Dalt con el Canigó, pero la presencia de nieve en cotas altas la acaba convirtiendo en una de las dos rutas más comunes de acceso a la célebre cima, en concreto la que la ataca desde más lejos. Así, tras una larga aproximación, unas pendientes moderadas y una última canal conocida como chimenea, corono la montaña homónima al famoso poema de Jacint Verdaguer.

 

 

Son las cuatro y media cuando abandono Badalona con destino a Sant Esteve d´en Bas, donde he quedado con Julio a las seis de la mañana. En ese punto, iniciamos un largo viaje de tres horas hasta Casteil pasando por poblaciones como Figueres, La Jonquera, Perpiñán, Prades, Vilafranca de Conflent y Vernet-les-Bains. En el pequeño pueblo tomamos una pista que en unos cuantos kilómetros nos deja en las inmediaciones del refugio de montaña de Merialles, lugar de inicio de la ascensión. Como ayer, tras una bajada brusca y generalizada de la temperatura –diez grados–, estuvo nevando, ya de camino hemos comenzado a dudar sobre la posibilidad de realizar la cresta de Gasimir al avistar la presencia de nieve en las zonas altas de las montañas. Aún así, no nos resignamos y guardamos una pequeña esperanza, por lo que cargamos con la cuerda, el arnés y el descensor. En un principio la lleva Julio, pero parece que no está muy en forma –menos mal– y la acabo portando yo, lo que me gusta en el sentido de servirme para coger fuerza y rendir mejor en futuras salidas de equipaje más liviano.

 

Los 1718 metros de altitud van quedando atrás en nuestro ascenso por la Vall del Cadí hacia un pico que gentes antiguas, como griegos y romanos, consideraron el más alto de todo el Pirineo por su enorme desnivel respecto a la llanura que lo rodea, superior a los dos kilómetros. Estamos ante las últimas estribaciones de las dos altas cadenas que forman este macizo, con dos cimas que marcan el final de las altas cotas antes de caer en picado hacia Merialles: el Roc dels Isards (2369m), cercano al Pic Gasamir (2422m), y el Pic de la Solana de l´Ós (2225m), en el que comienza un cordal altamente atractivo que invita a ser explorado y que enlaza las cumbres del Pic dels Set Homes (2661m), el Pic de Roja (2724m) y el Puig dels Tretze Vents (2731m). Hoy toca conformarse con seguir la senda establecida, hasta el momento el GR-10. Vamos más abrigados de lo que corresponde para las calores que ha estado haciendo hasta hace uno o dos días. En ese sentido, resulta extraño vernos con los guantes, el gorro de lana y la chaqueta, pero las previsiones de vientos huracanados bien valen ir protegido del frío a tope. Lo más llamativo, quizá, sea el gorro rojo de Julio, que lo asemeja a una especie de Papa Noel avanzado a su época, en sintonía con El Corte Inglés.

 

Nuestros pasos nos llevan por el interior de unos bosques formados por esbeltos y altos árboles, casi siempre en ascenso. Pronto cruzamos el río Llipodera gracias a una pasarela que presenta un gran orificio sobre el que han colocado una roca para que nadie se vaya para abajo. Nuestros sentidos aún se están despertando y el frío nos mantiene medio adormecidos, aunque con la persistencia del terreno ascendente pronto va a empezar a sobrar la chaqueta. Llegados al Coll Verd (1868m), el terreno se vuelve suave e incluso favorable. Se trata de un flanqueo por la ladera norte del Pic dels Set Homes totalmente desaconsejado en invierno según algunas guías a causa de la propensión de la zona a las aludes. Un simple vistazo al pedregal basta para intuir que sí, que aquí, entre la forma de embudo y la pendiente media, deben caer buenas acumulaciones de nieve de forma repentina capaces de arrasar con todo lo que pillen en su camino, incluidos los seres humanos. En la citada época está recomendado descender directamente hasta el río Cadí y atravesarlo. Hoy, en cambio, llegamos a su otra orilla una vez el sendero muere en el río. En él las moléculas de agua fluyen impusadas por la fuerza de la gravedad y, por suerte, en esta época, a pesar del elevado número, son relativamente pocas. Lo digo porque no hay pasarela alguna y en época de deshielo ello puede suponer un contratiempo importante.

 

Lo que sí que hay es un gran grafiti en una roca de algún personaje de poca sensibilidad estética que no ha encontrado mejor lugar para dejar constancia de su paso, mostrando con su acto lo poco que valora la autenticidad de este entorno natural impoluto. Alguien que sí lo valoró en su medida fue Jacint Verdaguer, un señor enamorado de estas montañas –y de otras– que sin abandonar su sotana acometía multitud de cumbres pirenaicas, lo que lo llevó, entre otras hazañas, a ser el primer catalán en ascender a la Pica d´Estats, la montaña más alta de Cataluña, en un lejano 1883. No hacía mucho, en 1864, Henry Russell, acompañado por Jean-Jacques Denjean, había realizado la primera ascensión documentada, y tiempo después, bautizaron la segunda montaña más alta de Cataluña, el Verdaguer, con el nombre del autor del poema épico Canigó. Entre el enamoramiento del segundo y el desprecio del primero, nos encontramos Julio y yo por estos parajes, en busca de la sorpresa constante y formándonos una opinión de la zona que, aunque sepa mal decirlo, no es tanto como esperaba.

 

Una vez cambiada la vertiente, nos encontramos en las laderas del pico Gasimir, que alternan baja vegetación y árboles que supongo que son pinos negros. En unos diez minutos llegamos a una bifurcación bien indicada: siguiendo recto, el GR-10 te lleva al refugio de Cortalets, mientras que a mano derecha, en dos horas, te plantas en lo alto del Canigó, como ya hiciera en 1285 Pedro III El Grande, rey de la Corona de Aragón, a quién se le atribuye la primera ascensión. No siendo reyes ni tendiendo que luchar con dragón alguno, nosotros no pretendemos contemplar los dominios propios bajo nuestros pies, sino más bien alcanzar algo incomprensible, comprender algo inalcanzable. Y ello puede acontecer de dos maneras: siguiendo hacia la Portella de Valmanya, o iniciando el ascenso directo por el pedregal hasta el Gasimir de Dalt. Optamos por lo primero pues parece poco probable que la cresta esté limpia de nieve, y si ascendemos esa cumbre y el cordal está impracticable, tendremos que volver a descender y nos dejará mermados físicamente y supondrá una pérdida de tiempo considerable. Quedamos, pues, en que si acaso, regresaremos por la cresta desde el Canigó hasta el Gasimir de Dalt.

 

Cuando la cabaña o refugio de Aragó queda atrás (2130m), ante el excursionista se presenta una zona de gran apertura visual y paisajística. Son los llamados Plans de Cadí (2204m). Lo que más llama la atención no es el Canigó, que estéticamente me parece feo, sino un pico piramidal en el cordal opuesto que diría que lleva por nombre Tretze Vents, aunque con el mapa a una escala 1:40.000 y sin haber estado nunca aquí es difícil de asegurar. Sí es llamativa, en cambio, la cresta de Gasimir; debe de ser una pasada. Conforme se asciende por las empinadas cuestas de la Coma dels Gorgs de Cadí hacia la Portella de Valmanya, la cresta va acercándose –o eso parece– y cada vez se muestra más agrestre y provocativa; no aparenta que su dificultad sea objetivamente baja y el terreno, a su vez, esté recomendado para iniciarse en la progresión por tales lugares orográficos, aquellos que te permiten tener todo bajo tus pies, tanto a mano izquierda como a derecha, y literalmente con uno posado en cada valle.

 

Se trata de una subida bastante fuerte, diría que monótona, que supera un gran desnivel en poco tiempo, en un lugar totalmente desprovisto de masa arbórea. Uno se siente como un intruso en un mundo mineral de roca y pequeña hierba que sustenta a un fotogénico hielo compactado por el viento que está diseminado por el terreno cual harina cristalina. Esto en invierno debe de ser realmente difícil de superar. Al cabo de bastante rato aparece un desvío a mano derecha que no tomamos, indicado como “Cortalets por la cresta d´en Barbet”. Son las doce. Nosotros seguimos ascendiendo y paramos en varias ocasiones para tomarnos fotografías en un paisaje con una capa de nieve muy débil a modo de harina dispersada por aquí y por allá. Nos retratamos, por descontado, con la cresta tras nosotros, e incluso Julio me toma una graciosa foto en la que hago contrapeso a una losa que al otro lado tiene un gran hito –montoncito de piedras–. Casi sin darnos cuenta nos plantamos en la famosa Xemeneia, eso sí, cada vez más azotados por el viento. Y es cuando aparece la gran decepción: ¿pero no se trataba de una chimenea? Pues parece ser que no.

 

La mítica chimenea del Canigó de la que tanto he escuchado durante estos años no es más que una canal facilona y para nada estrecha o completamente vertical. Algún gendarme parecido a un tótem amortigua la desilusión, pero es lo que tiene hacer volar la imaginación hasta límites insospechados al respecto de cosas que has oído pero en cuyos lugares nunca has estado. Lo más probable es que no sea lo que te habías imaginado. Es cierto que hay que utilizar en algún momento las manos, pero con ausencia de nieve –aquí no la hay– no parece muy peligrosa, lo que invita a acometerla con prudencia para no caer víctima de la confianza. Una mano aquí, un pie allí, ahora para acá, ¿y qué te encuentras? Con una mesa de orientación cubierta de hielo, una cruz metálica helada y una nueva cumbre en el bolsillo. También aguarda una decepción: la cresta de Gasimir está nevada. Son las 12:45 y hemos tardado en llegar hasta aquí 3h35min a buen ritmo.

 

Dicen que desde esta atalaya son visibles las Islas Baleares y los Alpes. Nosotros, a lo sumo, llegamos a apreciar el Golfo de Roses, y si hubiéramos estado aquí cinco horas antes, habríamos podido ver como el sol emerge del Mar Mediterráneo. Eso sí, habría perecido de hipotermia. Le pedimos a un chico que nos tome una foto, pero parece que la batería de mi cámara se ha congelado y hasta que no la reanimo no podemos ser retratados. A nuestros pies se hallan las comarcas del Conflent, el Vallespir y el Roselló, pertenecientes a Francia desde el año 1659 a causa del Tratado de los Pirineos. Enfrente, como he comentado en varias ocasiones, hay un cordal que une tres cumbres bastante más estéticas que esta, pero con el “inconveniente” de ser más bajas y por tanto mil veces menos visitadas. A un tiro de piedra se encuentran las paredes verticales del Pic Barbet, separado de este por una brecha abierta con dinamita que lleva por nombre el del ingeniero de minas que la originó, Durier. Como el fresco no invita a demorarse mucho, nos volvemos a poner la mochila e iniciamos el regreso. Son la una.

 

Como el itinerario de regreso va a ser el mismo que el de subida, cosa que no me gusta, no me voy a extender mucho. Simplemente comentaré algunas cuestiones, como la posibilidad de complicarse la vida voluntariamente en el descenso de la chimenea, o el ahorro de tiempo que supone acometer de forma directa el descenso de la Coma dels Gorgs del Cadí hasta Plans de Cadí para resentimiento de los pies. Respecto a la cabaña de Aragó, es interesante dejar constancia de que está inutilizable a causa de un posible derrumbamiento, pues en un lado ha sufrido un percance en alguna roca que en cualquier momento puede irse abajo, por lo que la entrada está prohibida por un cartel. Si alguien viene sin conocer este dato con intención de utilizar una de sus cuatro plazas de refugio libre, o bien va a acabar regresando, o haciendo un vivac en los prados que la rodean, aunque he visto una cabaña de pastores bastante cercana, en el inicio de las laderas del Gasimir de Dalt.

 

Julio se sorprende ante la hora de llegada, las 15:58. Hace bastante rato le he comentado que calculaba llegar a las cuatro o un poco antes, y así ha sido. Ahora nos quedan tres horas de regreso hasta los alrededores de Olot –Sant Esteve d´en Bas–, y a mí, tras tomar algo en su nueva casa de pueblo, una horita más de viaje hasta Granollers, población a la que llego ya de noche y tras demasiadas horas de marcha. Una satisfacción me alegra el alma: haber ascendido por fin al Canigó. Pero por otro lado, esa montaña me ha dejado algo decepcionado. La parte buena es que no veo el momento de regresar y acometer el cordal de Pic dels Set Homes (2661m), Pic de Roja (2724m) y Puig dels Tretze Vents (2731m), que intuyo igual de atractivo que el Canigó hasta hoy. Quién sabe si algún día acabarán decepcionándome también, pero quizá la función del montañero sea esa, acabar con sus sueños para que cuando un paleta con su espátula lance con tedio cemento sobre su losa, no se le haya quedado ninguno en el tintero, para bien o para mal. Total, dentro de nada ya no estaremos…

 

 

En mayo de 2011 he publicado La ruta de las estrellas, una novela ambientada en el Camino de Santiago que trata acerca de la peregrinación de una pareja de montañeros. Puedes seguir mis comentarios y los de los lectores visitando la web www.facebook.com/larutadelasestrellas  y si le das a "ME GUSTA" serás seguidor y podrás participar también. Por otro lado, la envío a domicilio por 10 euros con los portes incluidos. Si te interesa, escríbeme a larutadelasestrellas@gmail.com Otra forma de adquirirla es en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Via 616) o en su página web. Buen Camino. 


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