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Recopilación de relatos sobre las aventuras vividas en la montaña y la naturaleza. También hay alguna galería de fotos. Si quieres ponerte en contacto conmigo escríbeme a dmiraher@terra.es
domingo 13 de mayo de 2012, 18:39:41
13-05-12 : 33ª Cursa del Dimoni
Tipo de Entrada: RELATO | 1 Comentarios

A pesar de haber salido a correr una única vez en los dos últimos meses y medio (concretamente fue la Marató de Bcn), hoy he participado en la Cursa popular del Dimoni, y he empleado 44:46 para los 10km. A la espera de la clasificación, espero haber quedado bien. El año pasado, con 46:09, quedé el 200 y pico de mil y pico. En 2007 tardé unos 50 minutos y medio; cada año tardo menos. Eso sí, no he batido mi récord de la Badalona Running de este año (44:15); me he quedado a 31 segundos, pero tampoco he forzado y he llegado bien a meta. El año pasado tardé algo más, 46:09, y llegué hecho polvo, reventado y sufriendo mucho. Hoy he esprintado los últimos 200metros y he adelantado a 15 o 20 en pocos metros. Aquí tenéis el relato al respecto.

 

 

Raro parece que alguien al que no le gusta correr se apunte a una tríada de carreras formadas por la Badalona Running, la Maratón de Barcelona y la Cursa Popular Ciutat de Badalona, conocida popularmente como Cursa del Dimoni. Es quizá un reto para ponerse a prueba y una manera de mantener despierto al cuerpo ante esfuerzos físicos improvisados, como los que se afrontan cuando después de un cierto tiempo sin salir de la rutina, alguien te invita o tú mismo montas una excursión a alguna montaña. En ambos casos, huesos, músculos y moléculas de glucógeno se desperezan y que todo vaya bien o que acabe siendo una pifia de cuidado en grado sumo depende de lo acostumbrado que tengamos al cuerpo a responder ante inesperados esfuerzos que le son ajenos en nuestra rutina. Claro está que lo mejor sería mantenerse en forma de forma periódica, pero forma parte de la vida el no tener todo el tiempo que uno desearía para aquello que contenta al alma indómita que, en mayor o menor grado, mantenemos cautiva y que espera hambrienta salir a la acción.

 

Como soy de carácter inquieto y tiendo al perfeccionismo –en el sentido de querer tenerlo todo ligado–, no me puedo estar cuando me levanto de ir a La Rambla a por el dorsal. Son las ocho, hora a la que han comenzado a darlos, cuando pillo la bicicleta para cruzar media ciudad y plantarme en la fachada marítima en unos pocos minutos. Podría ir a paso ligero, medio corriendo, y así comenzar a calentar, pero como comenté antes, no me agrada la idea de correr así que me da palo y opto por el ritmo veloz del ciclo que se deja llevar por la ciudad, sin automóvil alguno, en una primaveral mañana dominical. Varios voluntarios provistos de una camiseta amarilla –es la manera de reconocerlos– me entregan mi dorsal, el 6658, y el chip, por el que sorprendentemente nada hay que pagar, pues la inscripción es totalmente gratuita. Más llama la atención, aunque ya sucediera en la pasada edición, la actitud del Ayuntamiento frente al agotamiento de las inscripciones disponibles. Lejos de perseguir a los que carecen de dorsal y corren por su cuenta, desde la página de inscripciones se anima a participar sin él en estos términos: Lo lamentamos, no podemos aceptar más invitaciones. Se han agotado los dorsales. Aún así les invitamos a participar, pero su resultado no constará en la clasificación final y no tendrá derecho a ningún tipo de obsequio ni podrá optar a ningún trofeo. A la práctica, esto implica quedarse en la línea de meta sin la botella de agua o la lata de Pepsi Light preceptiva y sin la camiseta conmemorativa.

 

En mi habitación, con los nervios del niño que espera la llegada de Papa Noel y su juguete nuevo, escojo una camiseta, me pongo el pantalón corto de correr –esto ocurre dos o tres veces al año– y con la ayuda de imperdibles me coloco el dorsal, que paradójicamente no se sitúa en la parte trasera, sino en el pecho. Cierto es que mi primera intención ha sido correr con la camiseta de la carrera, pero resulta que no te la entregan hasta una vez cruzada la línea de meta. Así, se me abren varias opciones, como ponerme la del año pasado –no recomendable pues no son transpirables sino de algodón–, optar por la de la Badalona Running, que sería un acto de estilo patriótico pero aplicado al ámbito local, o echar mano de la camiseta de mi primera maratón, la del año pasado, de un naranja chillón de cuidado. Esta última es la escogida, no solo porque es la que combina mejor con mi pantalón rojo, sino porque entrando en el ámbito místico-esotérico podría decirse que me aporta una energía extra, un añadido mental que supone el haber conquistado la prueba de los 42195 metros; es como si me dijera: ¿si has podido con ella, te vas a echar para atrás ahora en esta prueba de diez míseros kilómetros? Anda y echa palante

 

Una novedad en mi indumentaria es el artilugio diminuto que me ha prestado Alba para la ocasión, de nombre iPod nano y que me va a permitir correr en todo momento escuchando una serie de canciones escogidas y que para nada a mi estimado lector le van a sonar –estamos hablando de obras musicales de Xana y de Victor Ark principalmente, y de temas como el Danza Kuduro, el Millionaire o el Never be alone–. En todo caso, su audición, agradable para mis oídos y mi cerebro, va a liberar en mi sangre un neurotransmisor que lleva por nombre serotonina y su inducción al bienestar puede ser un buen medio para contrarrestar el sufrimiento y el desgaste que toda actividad física cercana al propio límite comporta.

 

Para ir acostumbrando al cuerpo que me alberga a ese estado de fatiga, me dirigo a La Rambla a ratos corriendo de forma tímida. Esto es así porque me atemoriza que mi rodilla derecha pueda resentirse de la maldita Maratón de Barcelona, que hace un mes y algo me la dejó por primera vez en mis tres décadas de historia dolorida. Hasta hace una hora tenía bastante claro que ante cualquier molestia lo dejaría estar, ya que acabar la carrera en un tiempo elevado tampoco me aporta nada y el itinerario pasa a escasos diez metros del portal de casa hacia el kilómetro seis, pero todo ha cambiado cuando he escuchado una frase que aún resuena en mis adentros: la camiseta cuando llegues a meta. Tengo el presentimiento de que va a llevar estampado un diablo corriendo y con cara de pillo, que es el que aparece en los folletos, y no me la quiero perder, así que si hace falta alcanzaré de nuevo las Ramblas hecho polvo. El año pasado el panfleto de la carrera mostraba a dos niños de labios prominentes y feliz correteo y, efectivamente, fueron la ilustración principal de la camiseta conmemorativa.

 

A las diez menos cinco alcanzo el Mc Donalds de La Rambla. Mis padres acaban de llegar y Jordi Milian, un corredor local con el que he quedado aquí, no aparece. Abandonamos, pues, tan concurrido lugar y mi padre me fotografía antes de dirigirme bajo la pancarta de salida. Me sitúo, como el año pasado, en las primeras posiciones, concretamente en la tercera línea. Los participantes que me rodean tienen un aspecto fiero, competitivo, diríase que profesional en comparación conmigo. Algo amedrentado por la compañía, y con visiones que me sitúan en el suelo y siendo pisado por la marabunta, espero a que el concejal de deportes, pistola en mano, decrete la salida con un disparo. El iPod está encendido y aún así escucho el rumor de la gente, una algarabía de colores reflectantes que esperan más nerviosos que serenos, o eso supongo. Hay, díos mío, que esto empieza… “Pummm”.

 

La gran masa humana se mueve, se entremezcla y avanza en busca de un fin común: recorrer los 10.000 metros que nos separan de la pancarta de meta, situada a escasos metros a nuestra espalda, y hacerlo en un tiempo límite fijado de antemano o acabando de la manera más digna posible. Sobra decir que dada mi posición inicial, en los primeros centenares de metros no adelanto a nadie, sino que los veo aparecer desde atrás tanto por la izquierda como por la derecha. Mis puntuales salidas de entreno, si bien no me otorgan una ventaja física especial, pues para nada se mantienen en el tiempo, sí me sirven para conocer mi ritmo y ponderar a qué velocidad puedo correr y a cuál no –al menos si no quiero pararme al poco tiempo agotado–. Dado que el ritmo inicial de los corredores que me rodean no es el mío, los dejo pasar tranquilamente sin intentar en ningún momento intentar seguirlos. Sería un fracaso estrepitoso y mi marca, al cabo de los diez kilómetros, podría superar tranquilamente la hora tras una pájara en los primeros compases de la prueba.

 

Nada más abandonar La Rambla, ni siquiera hemos llegado al kilómetro uno, pasamos sobre un punto de control y unos sonidos ya familiares nos indican que nuestros chips nos acompañan juguetones, alegres. Con el fin de mantenerlos en tal dispoisición y que no callen para siempre –léase retirada–, busco mi propio ritmo, que ya en los albores de la carrera parece coincidir con el de los atletas que ahora me circundan. Los otros, los primeros, se han ido para no volver a ser vistos, y mi posición dentro del pelotón ha quedado establecida de manera natural. Diría que no es mala, pues hay centenares y centenares de corredores que me suceden y tampoco hay tantos que me hayan sobrepasado. Me conformo, pues, con mantener el ritmo y no me planteo intentar adelanto alguno, opción que me parece un gran acierto teniendo en cuenta que no he realizado preparación alguna y no opto a un logro importante. Mi objetivo es, a poder ser, terminar por debajo de los tres cuartos de hora, cosa que veo bastante improbable. Me conformo con mejorar la marca del año pasado, 46:09, y la de 2007, 50:27. Sería sumamente exitoso batir mi marca de la Badalona Running, 44:14, pero este trazado es menos propicio y me veo llegando en torno a los 47 minutos.

 

Ajeno a tanto número, alcanzo el inicio de una cuesta que va a parar a una rotonda vecina a una estación de servicio BP. El ritmo de la marea humana, que ya lo es menos y se asemeja más a un conjunto de insectos que avanzan en tropa, cae en picado. Con la cabeza fría reduzco el ritmo sobre manera. Mantenerlo, sería a costa del aumento del pulso, del ritmo respiratorio y de la fatiga, por lo que prefiero que lo que se mantenga sea el nivel de cansancio aún con el handicap de la pérdida de tiempo. Una vez arriba, agradable es para el cuerpo dejarse caer cuesta abajo hacia las proximidades del barrio de Llefià. No lo es, en cambio, para la mente, pues me martiriza la idea de que mi rodilla derecha comience a quejarse y arruine una carrera en la que hasta el momento me estoy desenvolviendo bien. En ese sentido, alcanzo el punto más lejano de La Rambla, provisto de un control que pretende mantener a raya posibles atajos, a los veinte minutos, cuando el año pasado empleé unos dos minutos más. Me mantengo, pues, en torno a los 45 minutos si mantengo el ritmo de aquí a final de carrera.

 

Correr por las calles de tu barrio que han desfilado ante ti desde la infancia –o tú has desfilado por ellas– no tiene parangón en el mundo del atletismo. Cuando antes corrías a la vuelta de la escuela, poco podías imaginarte compitiendo en una carrera, menos aún en busca de mejorar una marca concreta, en rebajar un tiempo estimado en minutos y segundos, unidades que no dejan de ser una invención humana y que por tanto no existen en la naturaleza, al igual que los números o las palabras, las sumas o las restas, las frases y el presente texto. Es una vez pasado bajo la autopista que enfilamos hacia casa. Miro el balcón al pasar como queriendo encontrar a alguien, pero está claro que ahí no hay nadie. Pronto giramos hacia la estación del tranvía y la parada del metro, provistas de un cartel publicitario equipado con termómetro que en este momento marca 22ºC –otra unidad inventada por nosotros que consiste en dividir la diferencia entre la temperatura de fusión y la de ebullición del algua entre cien–. Es un dato importante, pues además de denotar que nos estamos achicharrando, de aquí hasta la línea de meta sólo vamos a encontrar dos pequeños tramos de sombra. El resto, principalmente nuestro devenir por el paseo marítimo, va a resultar caldeado. Así pues, habrá que poner a trabajar –hasta sobreexplotar– a nuestras glándulas sudoríparas en un intento de activar un mecanismo de refrigeración –esta vez natural–: la evaporación del sudor.

 

Donde el año pasado había un avituallamiento en negro, amablemente dispuesto por una asociación de vecinos, ahora no hay nada, cosa que no me extraña pues si después de hacer algo por tu cuenta con buena intención te llueven las críticas, a la próxima no cabe sino optar por lo que le dijo un cura a su monaguillo en referencia a una vela ante un segundo cura tramposo: apaga y vámonos. Yo, de momento, mantengo la combustión del glucógeno y con su aporte energético me acerco más y más a uno de los dos puntos temidos aún por llegar –el tercero es la subida a la BP, ya superada–. Se trata de un puente de factura relativamente reciente y sin duda despampanante para el lugar en el que está ubicado, fruto sin duda de un periodo previo al estallido de la burbuja inmobiliaria. A mi modo de ver, no hacía falta gastarse tantos millones de euros para pasar al otro lado de la vía del tren en pleno polígono industrial. Pasado el punto kilométrico siete me planto ante él y no puedo más que recordar una cita atribuida a Mark Twain que leí ayer en un audiovisual que se pasó en el II Congreso de Bloggers Vuelta al Mundo, al que por cierto asistí como oyente –ya me gustaría haber dado la vuelta al globo, aún a costar de emplear más de ochenta días y perder alguna apuesta por ello–. Dice así: dentro de veinte años te arrepentirás más de lo que no hiciste que de lo que hiciste. Aplicación práctica: más vale no hacer el tonto y sucumbir ante una pájara final como me pasó el año pasado, y además tener que maldecirme por no haber controlado mi instinto de correr al límite, al que de momento he mitigado en todo momento.

 

Así pues, encaro la subida tranquilo, sabiendo que en pocos minutos todo este esfuerzo habrá acabado y que lo importante no es ganar tiempo, sino mantenerse y no perderlo a borbotones de repente. En ese sentido, el ritmo es lentísimo, pero por otro lado es el mismo que el que llevan los corredores que me circundan. Una vez arriba se incrementa súbitamente y como el resto, me dejo caer invitado por la gravedad para sosiego de mi menguante glucógeno. Una larga recta salva el puerto deportivo, otro remanente de la fiebre inmobiliaria como lo son los altos pisos que acarician el cielo junto a las playas. La música del iPod que Alba me ha prestado sigue sonando aunque mi cabeza ya no le presta mucha atención. Anda algo aturdida con la solana que está soportando y el esfuerzo que supone no quedarse atrás de los corredores que me preceden. Sé que, como en el ciclismo, es importante mantenerme junto a ellos y no dejar mucho espacio de asfalto entre yo y el de delante. Eso sí, supongo que aquí la ventaja es únicamente psicológica, porque el tema aerodinámico no parece tan importante. Y por qué no decirlo: lo logro en todo momento.

 

Con ellos llego al último escollo y tercer impedimento sobre el papel: el paso subterráneo bajo la línea férrea. De nuevo invita la gravedad en la bajada, pero parece que acaba con los bolsillos vacíos y a uno le toca vérselas con la empinada cuesta, más rácana y por tanto a la espera de que le pagues tú la cuenta, no económicamente, sino en términos temporales. Y lo hago. Me tomo el tiempo necesario para llegar hasta arriba con el mismo nivel de cansancio, pues sé que el precio en segundos que voy a pagar es menor que si llego a arriba cansado y luego los segundos ahorrados los voy derrochando en mi camino a meta cual Hansel desprendiéndose de migas de pan durante su caminar por el bosque. A la salida, un giro de noventa grados te permite ver, al final de la larga calle, las palmeras de La Rambla, ¡pero qué lejanas están a ojos del exhausto corredor! Mi tiempo, unos 42 minutos. En ningún momento me he esforzado en exceso y ahora va a llegar el momento si es que quiero bajar de los tres cuartos de hora. Como los escapados en una etapa ciclista, me voy acercando a la línea de meta y voy sopesando cuando lanzar el ataque final. Un arranque antes de hora me haría perder tiempo y no ganarlo. Pero por el contrario, cuanto más espero menos bueno va a ser mi registro.

 

Con tal dilema en la mente –el numeroso público poco debe imaginarse al verme correr lo meditativo que estoy– alcanzo el Mc Donalds del inicio de La Rambla. Es ahora o nunca, así que salgo disparado. El resto de corredores ya no está para tirar cohetes y soy con diferencia el más rápido. Me abro paso entre ellos animado en parte por las dos hileras de espectadores que pueblan el otro lado de las vallas, el otro punto de vista de la competición. En doscientos metros adelanto al menos a quince o veinte atletas a toda velocidad en un sprint en toda regla que mantengo hasta la mismísima pancarta de meta. Paro el crono en 44:44, pero el tiempo real medido por el chip es de 44:46. Es, por tanto, la segunda vez que bajo de los tres cuartos de hora, y un registro tan solo superior en 32 segundos al de la Badalona Running, 44:15, prueba para la que sí me había preparado un poco y no llevaba, por entonces, casi dos meses sin correr. Satisfecho por mi tiempo, por mi posición –el 204 de 1361 arribados–, a tan solo siete segundos del 200, y sobre todo por no haber sufrido apenas en ningún momento, me acerco feliz al avituallamiento y me proveo de una lata de Pepsi y de una botella de agua no para beberla, sino para echármela sobre la ardiente y sudada cabeza. Un chico me quita el chip de la bamba, una señora me da la camiseta –sí, tiene estampado el demonio con cara de pillo– y mi padre me toma una segunda foto. En la sangre que corre por mis venas, arterias y capilares, la serotonina de origen musical ahora se ve acompañada de las endorfinas liberadas por el ejercicio físico y de la cafeína del refresco de cola en una orgía de bienestar que me acompaña a casa. Parece que la temporada de correr ha terminado bien y el año que viene, con la tríada Badalona Running, Marató de Barcelona y Cursa del Dimoni, ya veremos qué sucede. Ahora no puedo más que pedir que la alegría se mantenga en el tiempo y, a falta de carreras, que las montañas continúen viéndome llegar, sea a pie, caminando, o a ratos andando…

 

 

En mayo de 2011 he publicado La ruta de las estrellas, una novela ambientada en el Camino de Santiago que trata acerca de la peregrinación de una pareja de montañeros. Puedes seguir mis comentarios y los de los lectores visitando la web www.facebook.com/larutadelasestrellas  y si le das a "ME GUSTA" serás seguidor y podrás participar también. Por otro lado, la envío a domicilio por 10 euros con los portes incluidos. Si te interesa, escríbeme a larutadelasestrellas@gmail.com Otra forma de adquirirla es en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Via 616) o en su página web. Buen Camino. 


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miércoles 2 de mayo de 2012, 16:36:46
29-04-12 : Subida a Sant Sadurní de Gallifa
Tipo de Entrada: RELATO

Excursión circular desde Sant Feliu de Codines de unos veinte kilómetros de recorrido y seis horas y media de duración que transcurre por parajes bastante tranquilos y solitarios salpicados de multitud de florecillas que recuerdan que la primavera ha llegado y alegran el devenir de la marcha.

 

 

 

Son las ocho y cuarto cuando parto de la plaza Josep Umbert Ventura, el centro neurálgico de Sant Feliu de Codines. Aquí se inició también, ayer, la “2º marcha por el fin de la experimentación animal”, convocada por las entidades Igualdad Animal y Equanimal y a la cual me uní. Acompañados por algún medio de comunicación –como la Televisió de Catalunya, que nos dio visibilidad a través de su telediario–, caminamos varios centenares de personas unidas a la causa por las calles del pueblo con multitud de pancartas contra la vivisección animal y por una ciencia con conciencia. Desde aquí nos dirigimos hasta el vivero de Isoquimen, situado a tres kilómetros del pueblo junto a la carretera que lleva al Espacio Natural de Sant Miquel del Fai. En sus instalaciones son criados perros que llevan un trágico destino escrito por su lugar de nacimiento: los laboratorios de experimentación animal. En ellos los animales son inoculados con importantes enfermedades, expuestos a radiaciones dañinas, envenedados con sustancias tóxicas, mutilados, disparados, quemados, electrocutados; una barbarie que los hace agonizar y que basada en el especismo y en una ciencia sin conciencia, promueve un avance a cualquier precio que una sociedad no debe permitir en nombre del progreso a costa de perros, gatos, conejos, cerdos, hurones, cobayas, primates y similares que sufren una tortura inhumana de paradójico origen humano.

 

Hoy mis pasos se dirigen precisamente en dirección contraria, por lo que estrictamente hablando habría que referirse a la misma dirección pero en sentido contrario. El oeste me llama, pero no en forma de material aúreo, sino como una majestuosa montaña provista de una franja de verticales paredes, los Cingles de Gallifa. Sin oponer resistencia a tal atracción, abandono la plaza por la tranquila carretera BP-1241, que se dirige a Gallifa y a Sant Llorenç Savall. Sé que habrá otras formas de acceder hasta Sant Sadurní, pero en la guía de Editorial Alpina que acompaña al mapa aparece una ruta, la cuarta, que permite acceder hasta la citada ermita partiendo desde el punto kilométrico 12,4 de la carretera, así que opto por lo seguro. Me digo a mí mismo que no hace falta tomar el coche hasta allí, pues no dejan de ser un par de horas andando y hoy el día está bueno, pero me llevo una sorpresa: al salir del pueblo me topo con el punto kilométrico 16. Así, la numeración no comienza desde aquí, sino que lo hace en Sant Llorenç Savall, por lo que deben ser solo cuatro kilómetros de avance por la carretera. Más a mi favor para dejar el coche tranquilo en el pueblo.

 

Unas primeras curvas en terreno ascendente me permiten observar, a mano izquierda, el Turó de Solanes (705m) y una montaña con forma de ola que algún día me gustaría coronar. Pronto aparece también el cementerio, que parece que alberga una iglesia en su interior. El cielo está absolutamente azul, impoluto, carente de nube alguna. Esta noche ha estado lloviendo intensamente y la atmosfera ha quedado bastante limpia, de ahí que me haya animado a ascender a Sant Sadurní y disfrutar de las excelentes vistas que imagino que desde allí arriba debe haber. No es nada desdeñable este aspecto, pues por lo visto, desde que el nuevo gobierno catalán elevó los límites de velocidad en el área metropolitana, se ha elevado el uso de vehículos antiguos contaminantes y los niveles de polución del aire se han disparado –nótese que esto último parece guardar más relación con lo primero que con lo segundo–. Así, debe procurarse escoger un buen día no solo para contemplar el cielo, sino para ascender a una montaña y no verse desprovisto de vistas más allá del “smog” reinante en la zona.

 

Tras la subida aparece un desvío a la zona deportiva de Solanes. A través de él, según está indicado, se accede a Sant Sadurní en trece kilómetros, pero lo ignoro y continúo hacia el punto kilométrico 12,4. Sobre una señal de tráfico coloco la cámara y me retrato con la montaña al fondo; la ermita, amagada por el bosque, se intuye en lo alto, pero quizá tan solo sea fruto de mis ganas de verla. Pronto aparece un nuevo desvío. Esta vez es el GR-5 y entre otros, lleva al castillo de Gallifa, a Montserrat y a Sitges, situados a 5km, 52km y 114km respectivamente. En un tercer desvío vuelve a aparecer mencionado Sant Sadurní, esta vez situado a diez kilómetros, pero tampoco le hago caso.

 

Fiel a mi propósito de alcanzar el punto kilométrico 12,4, continúo caminando por la carretera viendo sitios nuevos, cosa que me haría sentir en el Camino de Santiago si no fuera por lo liviano de la mochila, una de esas de tela que no ocupan nada una vez vacía y que apenas lleva algo de agua, unas galletas, una naranja –me estoy haciendo viejo–, mi documento de identidad, un billete de veinte euros y mi sombrero, que lo reservo para cuando el sol apriete más. A media distancia, una montaña rocosa me intenta encandilar pero tampoco logra apartarme de mi propósito. Se trata del Montcau, en el Parque Natural de Sant Llorenç de Munt i Serra de l´Obac. Cada vez que lo veo me acuerdo de un libro que escribió Enric Soler i Raspall, Un estiu de guaita, que junto a El centinela de piedra de Álvaro Osés fue un acicate para escribir yo también un libro que girase en torno a la montaña, en este caso La ruta de las estrellas, pues acabé uniéndola con otra afición afín: el Camino de Santiago.

 

Más cerca, en el margen de la carretera, multitud de flores amarillas y rojas –estas últimas amapolas– alegran la vista al caminante como queríendole premiar por no pasar junto a ellas a gran velocidad al volante de algún artilugio mecánico. Entre estos, los provistos de motor no abundan, ganando por multitud las bicicletas, sobre todo las provenientes de Sant Llorenç Savall y con destino a Sant Feliu de Codines. Desconozco el porqué de ese predominio; quizá en el pueblo del que he partido los bares reconfortan al cansado ciclista de mejor manera o si cabe a menor precio. Respecto a los pajarillos que me agasajan con sus cantos, poco puedo decir, pues sigo siendo y seré un negado en temas de flora y de fauna por mucho que me duela. Me gustaría ser un experto o como mínimo poder distinguirlos, pero nada hay que hacer y será mejor centrarse en otras cosas, como el descubrimiento de nuevos parajes mapa en mano. Acostumbrado a soler realizar siempre los mismos recorridos, afrontar por primera vez una ascensión siempre tiene algo que alimenta la ilusión infantil que todo adulto desilusionado sigue albergando.

 

En cuanto a actividades económicas, a un lado aparece una reserva de trufas, y al otro, un cartel de en venta –o se intenta vender– que publicita un terreno de quince mil metros cuadrados provisto de un pozo y de una casa de madera de quince metros cuadrados. Por lo visto, también estaba en alquiler, pero parece que se lo han repensado y han decidido tachar la palabra “alquiler”. Más arriba, surcando el cielo, los cables eléctricos se extienden desde una torre de alta tensión hasta la vecina, impidiendo con su presencia que tome una buena foto de la montaña que pretendo acometer hoy sin que aparezca atravesada por el preciado cobre recubierto de goma. Intento relacionar su presencia con la ausencia de pajarillos –algunos estudios lo han demostrado con las antenas de telefonía móvil y los gorriones–, pero la verdad es que continúo escuchándolos piar sin cesar, así que a priori su número no se ve mermado por ello. Yo, por si acaso, acelero el ritmo: su zumbido no es nada halagüeño.

 

A las 9:18 alcanzo el punto kilométrico trece. Me sitúo, por tanto, a seiscientos metros del inicio de la ruta 4 de la guía “Cingles de Bertí” de Editorial Alpina. No dispongo de podómetro, ni de GPS, ni de artilugios que me posicionen. Sí dispongo, en cambio, de información proveniente de la experiencia –mi ritmo de marcha es de 6km/h– y de un reloj. Es fácil de deducir, pues, que dentro de seis minutos tendré que tomar un desvío a la derecha si no quiero pasarme de largo y aparecer en el pueblo de Gallifa. De cumplir, en cambio, no es nada fácil. Es la diferencia entre la teoría y la práctica. En ese sentido, al pasar junto a una casa provista de un bonito huerto, no puedo estarme de parar a tomar unas fotos de sus árboles frutales y de la huerta –como dije antes, soy un negado en temas botánicos, así que no habrá referencia alguna a lo aquí plantado–. La tierra es de un rojizo intenso que contrasta con el verde vegetal y con el azul celeste; ¡menudas fotos¡ Eso sí, el tiempo corre y me quedo sin la mencionada referencia temporal.

 

Llegado al ya célebre punto kilométrico 12,4 –nunca un inicio de recorrido había sido tan esperado–, tomo la pista forestal a una masía llamada La Roca. No apostaría a que puedan estacionarse en el lugar más de unos escasos tres o cuatro coches; de ahí que Editorial Alpina se refiera a un “pequeño espacio para aparcar” en la guía que acompaña al mapa. Ambos, una hoja de papel, un bolígrafo y la cámara de fotos es todo lo que llevo encima, además de la ya citada mochila de tela. Todo ello habla del futuro: para acordarme en forma visual, para revivirlo en versión escrita, para no perderme dentro de un rato… Respecto al presente, hecho mano a uno de los dos pequeños paquetes de galletas que porto, pues el hambre empieza a apretar. El alimento sólido va seguido de la preceptiva agua, que raciono pues he venido más bien ligero de peso. En esas estoy cuando llego a la altura de un puente junto al que hay un horno de cal. Se trata de un agujero en una pared de tierra en el que me introduzco. En él se encuentra la base de un árbol que supongo que habrá aparecido a posteriori.

 

Desde este punto, para acceder a Sant Sadurní hay que seguir por primera vez unas marcas de pintura, en concreto las blancas y amarillas del sendero llamado Ronda Codinenca. En un primer lugar el sendero parece una trialera y remonta el valle. Pronto atravieso el torrente a través de un atajo con intención de evitar la trialera; como anoche llovió, está todo embarrado. Más mojado que seco –decir que la vegetación está húmeda es quedarse corto–, comienzo una subida más fuerte que ligera a un ritmo más moderado que veloz para llegar a un destino más cierto que incierto –o eso espero–. Un manto verde me envuelve en mi avance y me limita sobre manera mi espacio vital. A pesar de ser un día soleado, aquí dentro parece ser casi de noche, menuda exageración. Por un lado, me encuentro en una ladera a la sombra, y por otro, la densa vegetación aún hace el lugar más sombrío. Ni decir tiene que aquí no hay ni Cristo, y puedo avanzar también que durante las seis horas y media de excursión no voy a coincidir con ningún excursionista a pie.

 

Siguen pasando los minutos mientras continúo ganando altura zigzagueando por la espesura del bosque cada vez más alejado del pueblo e ignorando a propósito que luego tendré que regresar. Mi pensamiento se centra en llegar hasta lo más alto de la montaña, y parece que esta segunda excursión del año se me comienza a atravesar, en especial a mi rodilla derecha, que desde el veinticinco de marzo anda molesta conmigo por haberla llevado a la Maratón de Barcelona. Desconozco cómo se debe subir tanto para alcanzar una cota de 941m; supongo que será cosa mía y de la relatividad del tiempo. Con el sonido de varias motos de trial sonando en el valle, me cruzo con una lombriz que reposa en el centro del sendero, que viene a ser una trialera. La paso de largo pero al poco mi conciencia me hace retroceder para apartarla del camino por si viene alguna moto. La cojo con una ramita de la que cuelga, cual Frank de la Jungla desprovisto de vocablos malsonantes; menuda pinta debo de tener.

 

Sin dejar a un lado mi aspecto físico, en la parte alta de la montaña procedo a un cambio de indumentaria. Sin dorsal aparente, se retira la braga del cuello, y en su lugar salta al terreno de aventura el sombrero, que responde a la inscripción de Adele y el misterio de la momia. El fresco es ya inexistente y ha llegado la hora de protegerse del sol. Sí, la espesura ha quedado atrás. Ahora, en el Collet de Sant Sadurní (854m), observo los postes indicadores. Se trata de un cruce de pistas forestales desde el que se puede acceder a Sant Sadurní a través de una de ellas –un kilómetro, indica– o mediante un sendero que sube más directo –cuatrocientos metros–. Para ambas opciones, apuntan 290m de desnivel, lo cual es totalmente erróneo. En los dos plafones metálicos habría que tachar el “2” y dejarlo en “90m”, desde los 851m hasta los 941m. Está claro que en seis minutos no soy capaz de superar semejante desnivel ni por asomo, y dudo que alguien pueda.

 

Tras el citado tiempo de recorrido por el sendero, accedo a la ermita románica de Sant Sadurní, que data del siglo XI. Son las 10:50, por lo que he empleado poco más de dos horas y media en llegar desde Sant Feliu de Codines. Al borde del alto del desfiladero, con el vacío bajo mis pies –para ello hay que alejarse de la ermita, rodeada por árboles que impiden disfrutar del panorama–, observo el pueblo, con la Plana del Vallès y la Serralada Litoral al fondo. También son visibles el Matagalls, el Turó de l´Home y Les Agudes, situados en el macizo del Montseny, y el mar. La nitidez de la atmosfera permite distinguir las dos torres Mapfre y la torre Agbar, edificios de Barcelona situados a unas decenas de kilómetros. Desde otra repisa rocosa, en cambio, se muestra en todo su explendor, y relativamente cercano, el Parque Natural de Sant Llorenç de Munt i Serra de l´Obac. Destacan La Mola y el Montcau. Abajo, junto a la base de la montaña, se halla el castillo de Gallifa y la carretera por la que he venido. El Turó de Solanes pierde prominencia visto desde aquí arriba en favor del Pic del Vent, que parece superarle en altura.

 

La única persona presente en la zona es un ciclista proveniente de Castellterçol, el siguiente pueblo desde Sant Feliu de Codines siguiendo la carretera general C-59. Me explica las alternativas que tengo para regresar al pueblo y me cuenta que los de Sant Feliu llaman a los de Castellterçol “gent de muntanya” (gente de montaña) y que allí hace más frío. Le comento que no se preocupe, que con el mapa, con comida y con tiempo por delante ya llegaré. Plantea la posibilidad de que me dirija a su pueblo y tome allí un autobús, pero prefiero seguir la máxima de Avi Jordi y completar una ruta circular, para así no denotar –palabras textuales suyas– “una falta de recursos montañeros”, cosa que intento cumplir siempre que es viable. En ese sentido, no regreso al pequeño collado a través del sendero, sino por la pista forestal, para no repetirme. Una vez en el citado cruce de caminos, observo las señales: Collet de Matafaluga, a 1,7km, Collet de les Termes, a 4km, Golf, a 7km, Sant Feliu de Codines, a 18km. En esa dirección, pues, me dirijo.

 

A decir verdad, es cierto que camino en plena naturaleza, que gozo de una soledad inaudita, que respiro aire poco contaminado, y bla bla bla, pero el objetivo del día ya está cumplido; la ascensión ya está hecha, y caminar por una pista forestal puede volverse algo monótono y los kilómetros van pesando en el cuerpo, en especial en mi sufrida rodilla derecha. Hablando en plata: cuanto antes llegue a casa mejor. Lástima que el regreso, por aquello de no repetirme, tenga que realizarlo dando tanta vuelta. Siguiendo las marcas blancas y amarillas de la ya mencionada anteriormente Ruta Codinenca, accedo al Collet de Matafaluga. Me encuentro ni más ni menos que en la mismísima Matagalls-Montserrat. Desviándome expresamente unos cien metros hacia Castellterçol, que ya solo dista cuatro kilómetros de mi posición en medio de la nada –o eso me parece al no conocer la zona y verlo todo igual–, me planto en la ermita románica de Sant Julià d´Uixols, que aparece en la ruta 3 de la guía que porto. Por el mismo precio, visito dos lugares; buena idea.

 

Enlazando con el inicio del párrafo anterior, he de confesar que esta ermita me parece más bella que la anterior. Son bastante diferentes entre sí, pero Sant Julià tiene la ventaja de que se puede acceder al interior de una de sus estancias –debe de ser increíble ver llover desde aquí dentro– y está situada junto a un prado y escoltada por un enorme árbol que compite en altura con su hueco campanario. No me entretengo mucho, pues el cielo comienza a ser poco a poco invadido por amenzantes nubarrones grises, así que regreso al Collet de Matafaluga y me dirijo hacia el Collet de les Termes. Para ello, debo deshacer de día lo que un día recorrí de madrugada con la luz del frontal compitiendo con las Pléyades y otros cúmulos estelares. Así, además de las marcas blancas y amarillas de la Ronda Codinenca, estás las rojas y verdes de la Matagalls-Montserrat y, por si fueran poco, las rojas y blancas del GR-177. Como parece poco probable perderse, me distraigo en mis pensamientos, que básicamente se centran en las molestias de mi estimada rodilla derecha. ¡Maldita maratón!

 

Al llegar al Collet de les Termes me despido de la Matagalls-Montserrat –quién sabe si para siempre– y tomo dirección al Collet de Berenguer. Atrás quedan la Mm y el GR-177, pero no la Ronda Codinenca, que no abandonaré hasta mi destino. Su citada señalización blanca y amarilla me lleva a otro “collet” (colladito), esta vez el Collet dels Aubanells. Pronto paso junto al Serrat de la Galalieta, en el que antiguamente había un poblado ibérico, pero creo que fue completamente expoliado. Aún tengo fuerzas para intentarlo localizar pero como creo que ya no existe, desisto pronto al llegar a una gran torre de alta tensión. El cartel de “peligro de muerte” no congenia muy bien con los nubarrones grises y mi presencia en la zona. No mucho después alcanzo los alrededores del campo de golf de Can Bosch y posteriormente llego a una bifurcación de la Ronda Codinenca. Hacia un lado, marca Sant Feliu a diez kilómetros, y siguiendo recto, en cambio, a solo dos. Sin dudarlo ni un momento –creo que he batido mi propio récord de velocidad del proceso estímulo-respuesta – continúo sin modificar mi rumbo y chino chano llego hasta la Creu del Terme (cruz del término), situada en lo alto del pueblo. Al atravesarlo, una tranquilidad absoluta lo envuelve. No se escuchan más que pájaros y algún perro. Son las 14:35 y la gente debe de estar o bien comiendo o bien de puente. Yo, en cambio, llevo ya seis horas y media de camino y ya va siendo hora de retirarse. ¡Hasta la próxima, Sant Sadurní!

 

 

En mayo de 2011 he publicado La ruta de las estrellas, una novela ambientada en el Camino de Santiago que trata acerca de la peregrinación de una pareja de montañeros. Puedes seguir mis comentarios y los de los lectores visitando la web www.facebook.com/larutadelasestrellas  y si le das a "ME GUSTA" serás seguidor y podrás participar también. Por otro lado, la envío a domicilio por 10 euros con los portes incluidos. Si te interesa, escríbeme a larutadelasestrellas@gmail.com Otra forma de adquirirla es en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Via 616) o en su página web. Buen Camino. 


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miércoles 25 de abril de 2012, 20:06:56
21-04-12 : Travessa dels Frares y Travessa de les Agulles (Montserrat)
Tipo de Entrada: RELATO | 1 Comentarios

En compañía de Maite, Manuel, Julio y María realizo un itinerario casi circular desde el aparcamiento del Coll de Can Maçana. Y digo casi porque recorreremos en ambos sentidos una pista forestal a través del GR-172 hasta el Collet de Guirló. Eso sí, a la vuelta lo haremos ya con varias rutas equipadas en el bolsillo: la Travessa dels Frares, de una duración teórica de una hora, y la Travessa de les Agulles, de unos cuarenta minutos. Ambas discurren por terreno solitario, más propio de escaladores que de caminantes, y dan un respiro al excursionista que ansía recorrer lugares solitarios en plena y masificada montaña de Montserrat. ¡A disfrutar!

 

 

Volver a salir de excursión siempre es algo deseado, aunque para ello hayan tenido que pasar casi los primeros cuatro meses del año. También lo es reencontrarse con amistades, algunas de ellas conocidas en tierras navarras recorriendo el Camino de Santiago. Es el caso de Julio, que viene con María, y de Maite, que hace lo propio con Manuel. A este último lo conocimos Julio y yo en esta misma montaña, concretamente en su punto culminante, la Miranda de Sant Jeroni (1237m). Tan fortuito fue que cuando Manuel tomaba una foto de la solitaria cima apareciera la cabeza de Julio proveniente de la vía ferrata Teresina, como que me encontrara con este en Roncesvalles y con Maite en Zubiri. Así es la vida; a cada rincón, una sorpresa. ¿Nos deparará alguna la excursión de hoy?

 

Tras dejar a Alba en Igualada, donde va a asistir a la Mostra de Igualada, sucesión de espectáculos de teatro al aire libre, me dirigo al punto de encuentro, el aparcamiento y merendero situado en el Coll de Can Maçana. Para acceder hasta él desde la autovía A-2 debe tomarse la salida 570 y seguir las señales viarias hacia Montserrat. En un primer momento la carretera es la B-111 pero pronto se cambia a la BP-1101, desde la que el aparcamiento es bien visible a mano derecha una vez llegado a su altura. Son las nueve y algo pero no he llegado tarde, sino pronto, pues hemos quedado a la indecente hora de las diez de la mañana. Será, pues, una excursión sin prisas, en la que saldremos a una hora montañeramente intempestiva y provistos de bocadillo, bebida y aperitivos varios –léase patatas fritas, ganchitos y demás–.

 

Acostumbrado ya a llegar pronto a las salidas, aprovecho para merodear por los alrededores. Unas señales indican que me encuentro en el Camí de Sant Jaume, a saber, el Camino de Santiago a su paso por Cataluña. Varios plafones informativos de esos que apenas nadie se para a leer informan de asuntos varios. Para variar, ocioso y curioso me decido a fotografiar su variado contenido para a posteriori seleccionar aquello que más me llame la atención y hacer así más variado mi relato de los hechos, no de un crimen, sino de un paseo que el tiempo borrará de mi memoria; no así, en cambio, las imperecederas palabras que darán fe de lo que un día aconteció a la vez que otras también millones de cosas insignificantes –algunas no– sucedían para no ser recordadas jamás.

 

Uno de los carteles informa de que estos terrenos fueron adquiridos por la Obra Social de Caixa Catalunya y que en ellos han sido plantados seiscientos cincuenta árboles, especies tales como la encina y el aurón negro. En otro, en cambio, el protagonista no es la flora, sino la fauna, concretamente las aves presentes en la montaña. Un dibujo y una pequeña explicación acompaña a cada una de ellas: el halcón peregrino, el animal más rápido de nuestro planeta –y quizá del Universo–; el águila perdicera , del cual sólo quedan sesenta y siete parejas en Cataluña; el búho real, búho europeo de mayor tamaño; la collalva negra, “recientemente extinguida en Francia”; el vencejo real, que “se observa siempre en vuelo” –¿quizá nunca descansa?–; el avión roquero, presente durante todo el año en la montaña; el roquero solitario y el cernícalo vulgar. Un tercer plafón trata de la característica morfología del macizo, constituido por roca calcárea conglomerada de una gran dureza cuya erosión ha dado lugar a las vertiginosas paredes y agujas que hoy podemos contemplar e intentar arrebatárselas al cielo con la interposición de nuestro cuerpo entre ambos. Vuelve a aparecer la biología, esta vez para referirse a la víbora, el tejón, el murciélago, la garduña, la cabra salvaje, los avellanos, los robles, las encinas y un largo etcétera.

 

Respecto a la Historia, el Coll de Can Maçana siempre ha sido un lugar solícito a causa de ser un punto de unión entre la costa y el interior, por lo que además de haber habido algún castillo y una caserna borbónica, un hospital y un hostal que atendían a viajeros y peregrinos, aquí acontenció una batalla en la Guerra del Francés, concretamente los días seis y catorce de junio de 1808. Por lo visto, el joven Isidre Lluçà, tocando su tambor, contribuyó a que la tropa invasora se retirara. En este sentido, un cuarto cartel informa de una ruta de 5500 metros, el “Camí de les batalles contra l´invasor francès”. Entre tanto cartel, no faltan los motivos que justifican la regulación de la práctica de la escalada. En un mapa anexo aparecen las zonas de Montserrat y los meses en los que en cada zona anidan aves y por tanto queda prohibida dicha actividad. Para la cara norte de los Frares Encantats, por ejemplo, es del quince de febrero al treinta y uno de mayo, por lo que varios escaladores que luego veremos en el lugar actúan “fuera de la normativa”; desconozco quién es el responsable de subir ahí arriba a decirles algo…

 

Una vez llegados a Can Maçana sendos Seat azulados, nos saludamos y a las diez y veinte el lugar dejamos. Nuestros pasos siguen el transitado sendero de gran recorrido GR-172, que en cuatro horas te deja en el monasterio. Haciendo caso omiso al desvío hacia El Bruc y lo propio con el de Sant Pau Vell, nos plantamos en poco tiempo en el Collet de Guirló (797m), en donde comienza propiamente la ruta circular que hoy vamos a acometer. Para nada es un itinerario de esos que están prefabricados, con unas señales fijas que te llevan desde el inicio hasta el final y que las grandes masas montañeras siguen. Se trata de una ruta diseñada sobre el mapa en la que habrá que seguir primero las marcas blancas y rojas del GR-172, luego las blancas hasta el Coll de Porc, posteriormente las azules en la Travessa del Frares, seguidas de las rojas de la Travessa del Frares y las amarillas del PR C-78 que nos dejarán de nuevo aquí, en el Collet de Guirló. He de decir que no soy el artífice de tal combinación de caminos y senderos equipados, pues en septiembre de 2005 Japallas me llevó por estos vericuetos en la que es hasta hoy mi única excursión en la zona, y siete años depués intentaré reproducirla pero siendo esta vez yo el guía. Ya les he dicho que, aunque sea dentro de siete años más, ellos han de hacer lo propio y traer a alguien algún día para así continuar con la cadena, aunque si se rompe, a diferencia de lo que auguran tantos correos electrónicos que recibimos, nadie tendrá mil años de mala suerte, ni sufrirá un accidente de tráfico o una enfermedad fulminante, al menos a causa de haber roto la citada cadena.

 

Si hay algo que llama la atención del caminante, es la Roca Foradada (“roca agujereada”), un boquete de forma triangular que atendiendo a los apuntes de geometría desempolvados debería clasificarse como isósceles, a saber, con dos lados iguales. A ojo, estamos hablando de una base de unos diez metros y una altura de unos quince, con el azulado del cielo en el fondo. Sacando del armario, en este caso, los cuadernos de física, habría que referirse a la dispersión de la luz por parte de las partículas atmosféricas, de nombre “dispersión de Rayleigh”. Como no podría ser de otra forma, acometemos el ascenso hasta tal ubicación. Así, enfilamos un sendero que gana rápidamente desnivel y equipado con cuerdas, que para nada recuerdo. Ante la sospecha, me adelanto y confirmo, por un lado, que el terreno se complica, y por otro, que hemos errado. Se trata de un acceso a unas vías de escalada que no aparece en el mapa de Editorial Alpina que porto, así que les pego un grito con intención de que inicien el regreso. “Es para que entréis en calor”– les digo–.

 

Poco después sí encontramos el desvío correcto, mucho más evidente y provisto de una marca de pintura banca y roja con forma de cruz que pretende hacernos desistir en nuestro intento. María prefiere quedarse aquí y esperarnos, pero el resto se anima y me sigue durante los cinco minutos de ascenso. Una rosa seca nos avisa de que prestemos atención, en especial en un corto paso rocoso pero expuesto cuya caída viene a dejarte en sus inmediaciones. Les comento a mis compañeros que vayan con ojo, que en esta época, a dos días de Sant Jordi, las rosas andan caras, y en esas llegamos hasta el impresionante Triángulo de Montserrat o Roca Foradada, con vertiginosos abismos a ambos lados. Un viento fuertísimo arremete contra nosotros, mientras una vela se mantiene encendida y su llama permanece viva en el interior de un recoveco ideal para el vivaqueo o pernocatción en el hotel de las mis estrellas. Nos tomamos varias fotos que resultan espectaculares, lo que incluye hacer malabarismos con la cámara para apoyarla bien en la roca y que nos enfoque correctamente. El “pi pi pi” invita a correr; no son más que diez segundos y, si no te apresuras, quedas fuera, al margen del recuerdo. Unas banderitas tibetanas alegran la imagen tomada. ¿Volvemos?

 

Una vez deshecho el desvío a la Roca Foradada –que no está indicado– nos reunimos con María y proseguimos por el sendero de gran recorrido. Llegados al lugar en el que nace un sendero que va a parar o bien al Coll de Porc (974m) o bien al Portell Estret (1008m), dos montañeros con ganas de broma se nos presentan como guardias urbanos. Les indicamos que nos dirigimos al primero de los dos lugares, que en el cartel aparece como “Coll de Port”, y nos despedimos. A este se accede en veinte minutos según la señal, mientras que para llegar al segundo se necesita media hora. También aparecen el monasterio, a algo más de tres horas, y el lugar de donde hemos partido, a cuarenta minutos. Iniciamos, pues, el ascenso hacia ambos collados, y llegada la bifurcación tomamos hacia el Coll de Porc. Se trata de un punto neurálgico, pues yendo hacia él puede iniciarse la Travessa del Frares, que te deja en el Portell Estret, pero yendo hacia este segundo te plantas entre las dos travesías y puedes escoger entre la de Frares y la de Agulles. Eso sí, para encadenar ambas, habrá que ir entonces hacia el primero, y una vez acabada la de Frares, si se está mermado de fuerzas o aparece alguna molestia, es posible retirarse y regresar a Can Maçana.

 

El ascenso hasta el collado en un día no muy fresco –menudo eufemismo– se hace algo pesado, pero al menos estamos a la sombra de las imponentes paredes de la cara norte. Si lleváramos a cabo la circular en el sentido inverso, acabaríamos más acalorados de lo necesario, pues durante toda la mañana nos estaría dando el sol, y al regreso por el GR-172 también, cosa que a estas horas no sucede. Arriba, a una altura de 975 metros, nos disponemos a iniciar la Travessa dels Frares (“travesía de los frailes”). Un cartel advierte: “Atención: ruta técnica. Tramos con pasos con hierros y cuerdas fijas. 1 hora”. Un montañero que regresa de realizar la ruta nos hace caer en la cuenta de que es imposible acometerla con un perro. Craso error por mi parte, pero como no suelo realizar excursiones con perros ni lo había pensado. María, que aún se está recuperando de la rodilla, propone que vayamos nosotros, y quedamos en encontrarnos en La Portella. Sólo tenemos mi mapa, así que le enseño donde está, pues lo necesitaré para no perdernos ya que estuve aquí hace siete años y no lo recuerdo mucho. La lástima es que pasará el lugar por alto –no está señalizado como tal– y no la volveremos a ver hasta llegar al coche. Eso sí, le digo que la esperaremos para comer.

 

Ya al inicio de la travesía por esta región de prominentes agujas llamada Frares Encantats hay que ir a por faena. Una pared de unos diez metros de altura equipada con barras de metal, minigrapas –como las que hay en algunas vías ferratas, incluida la cercana Teresina– y una cadena actúan, a mi modo de ver, como filtro para evitar que personas no preparadas accedan al entretenido recorrido. El primero en hacer el cabra es Julio, que siempre disfruta como un crío en tales situaciones. Le sigue Maite, que en caso de algún problema tiene al macho cabrío –es broma– arriba y a mí –una ovejita inocente– abajo. Manuel, el reportero oficial, cierra la comitiva y nos fotografía y filma con su celular de última generación, al menos por la resolución de las fotos que a posteriori recibes en la bandeja de entrada de tu servidor de correo electrónico. ¡Por favor, no sigas, que no acabaré nunca de descargarlas!

 

Una vez superado el obstáculo continuamos sin aburrirnos. Que si una cuerda, que si un paso estrecho, que si una pequeña trepada a modo de sencilla escalada… pero de repente, se nos presenta un paso por el hueco que forman varias rocas, algo que, a diferencia de la pared anterior, no recuerdo haber pasado hace siete años. ¿Quizá haya caído posteriormente? En todo caso, si a Maite y a mí nos cuesta pasar, a alguien más voluminoso no me lo quiero ni imaginar. Ella sale indemne del obstáculo, pero yo me llevo de recuerdo un golpe en la espinilla. ¡Ay, qué dolor! Le aviso a Julio que vaya con cuidado, y lo vemos aparecer cual parto a una edad ya bien entrada. Manuel le sigue mientras Maite y yo vamos bajando por la encajonada canal ayudados de la cuerda anudada que también atraviesa el agujero, muy similar a un paso del Joc de l´Oca y a otro de La Teresina.

 

Si tuviera que definir la travesía, diría que es un itinerario con constantes sube y baja, muchos de ellos por canales, en un paraje totalmente solitario y que intenta ir siempre por los lugares más altos a los cuales es posible acceder a pie. Los puntos culminantes de las agujas de conglomerado, no muy distantes de nosotros, quedan innacesibles para el no escalador, pero al menos gozamos de unas vistas parecidas y de un entorno natural en plena masificada montaña de Montserrat. Como sería bastante farragoso ir describiendo uno por uno los pasos que nos encontramos, me quedo con una subida de unos quince metros en la que el “sendero” balizado por marcas azules va por unas raíces, mientras que nosotros escalamos directamente el fácil conglomerado. La inclinación debe de ser de unos cuarenta y cinco grados, por lo que es facilísimo, pero no se pueden dejar de extremar las precauciones pues al no ser escalada, en ningún momento se progresa asegurado y multitud de desfiladeros de varios cientos de metros nos hacinan por aquí y por allá.

 

Llegados a una plazoleta situada entre varias agujas, llamadas la Nina (“niña”), la Monja y el Lloro (“loro”), echamos mano de unas galletas y unas patatas fritas para engañar al estómago. Julio se hacerca al religioso monolito y nos comenta que hay una placa en recuerdo al primero que lo coronó, Andreu Xandri (1916-1938), según una fuente consultada en internet el once de enero de 1933. Manuel se dispone a filmar las agujas que nos rodean y a citar sus nombres, por lo que le propongo que lo narre como la niña que se hizo monja y se compró un loro. Con tantas agujas y tantos nombres, podrían escribirse muchas historietas. Maite, que viste una camiseta de “I love NY” accede a ser retratada con un ejemplar de mi novela. La foto que le tomo tiene su gracia, pues la sitúa bajo el “I” y el corazón, escondiendo “NY”, por lo que parece que ama a La ruta de las estrellas, en cuya ruta la conocí. Al fondo, como no puede ser de otra manera, aparecen característica agujas de Montserrat, que acabarán con otras fotos que he recibido de los lectores de la obra. Buena combinación, montaña y literatura…

 

Tras escuchar a nuestra compañera decir en repetidas ocasiones “una cuerda” con tono de sorpresa e ilusión, acabamos la primera travesía bastante cansados de tanto subir y bajar, hasta el punto de que Maite se plantea regresar a Can Maçana desde el Portell Estret mediante el GR-172. La animamos a que continúe con nosotros, y fácilmente es convencida; ayuda a ello el hecho de no querer perderse por el camino. Esta vez en el cartel se lee: “Atención: ruta técnica. Tramos con cuerdas fijas. 40 minutos”. Desde aquí –el citado Portell Estret, a 1007m de altitud– es posible llegar al refugio en quince minutos por la canal Ampla o regresar al coche en algo más de una hora, pero nuestro destino no es otro que la Travessa de les Agulles (“travesía de las agujas”), así que a por ella vamos.

 

Como ya dejé escrito hace siete años, esta segunda travesía equipada difiere con la anterior en dos aspectos: por un lado, está menos equipada, y por otro, discurre por parajes más abiertos, sin tanto bosque. Tanto es así que la considero bastante menos llamativa que la anterior pues, por ejemplo, en ella no hay grapas o barras metálicas, aunque hay una pedazo cuerda de unos ocho o diez metros que según como uno sea de inexperto puede hacerte dar media vuelta. Es entretenido, por ejemplo, un tramo equipado con una cadena en el que debe avanzarse por una canal muy estrecha en la que acabas apareciendo en un árbol, u otra con varias cuerdas anudadas que ayudan en la progresión. El aspecto del cielo, por su parte, también evoluciona y por momentos se empieza a poner feo en cuanto a intereses montañeros se refiere. Varios escaladores hacen honor a tal denominación y se muestran en lo alto de una guja encordados. Para nosotros suponen un peligro, pues he visto caer dos piedras cuando estábamos encajonados en una canal, por lo que sería preferible realizar estas travesías con casco, aunque se suponga que no requieren material adicional. Siempre puede hacer acto de presencia una piedra caída del cielo que te conduzca a él antes de lo necesario.

 

Más adelante, una nueva balconada se abre hacia un horizonte inmenso, con Igualada y la carretera de acceso al aparcamiento bien visibles. Este, por el contrario, está eclipsado por una colina, la coronada por el templo –o lo que queda de él– de Sant Pau Vell, así que no es visible pero sabemos que está ahí, como sucede con el nitrógeno y el oxígeno del aire, entre otros. Dada mi afición por las fotos reflexivas de espaldas, cual anuncio de material de montaña, les pido que se sienten mirando a las agujas que nos circundan y les tomo una fotografía de espaldas, a modo de Los tres pensadores. No pensamos, en cambio, cuando el sendero, por llamarlo de alguna manera, pasa junto a lo alto de una aguja coronada por un montoncito de piedra. Un imán que llevamos en el alma nos arrastra hasta él, así que no hay otra que escalar unos cuatro metros de conglomerado repleto de presas fáciles. Como siempre en estos casos, a pesar de que es una subida fácil, evalúo como será el descenso, que siempre es más complicado que la ganancia de altura. Como lo veo factible, corono la aguja y Manuel me fotografía abrazando al cielo. Me sigue Julio y esta vez ambos somos inmortalizados. A continuación desciendo y es Manuel quien accede a la cúspide pétrea para ser retratado con Julio. Maite no se anima y contempla el ir y venir de machos cabríos u ovejitas que damos la tabarra al tranquilo monolito.

 

Un último obstáculo nos separa de finalizar la travesía: la pared de unos diez metros que comenté anteriormente, equipada con una larga cuerda anudada. Esta la recuerdo bien de hace siete años, pues es donde yo y mi hermana pequeña realizamos nuestro primer rápel, concretamente montado por Japallas. Como sucediera al inicio de la Travessa dels Frares, esta pared me parece un filtro para regular quién se mete en el itinerario, igual que pasa al inicio de algunas vías ferratas. Manuel se lo mira y se anima a bajar el primero para así grabarnos en vídeo –el disco duro de mi ordenador debe de estar temblando–. Una vez abajo, le toca el turno a Julio, que no tiene ninguna dificultad para acometerlo y hacer diversas poses para el recuerdo. A Maite ya le impresiona algo más pero tampoco hay mayor problema. Le indico que lo mejor es echarse hacia atrás y apoyar toda la suela de la bota sobre la roca, pues tiene tendencia a encogerse hacia delante y en tal posición es más costoso el avance. Una vez ha cambiado al segundo tramo de la cuerda, me meto yo también en faena. Manuel le pide que lo salude, cosa que evidentemente no hace, pues anda centrada en el asunto, pero yo sí lo hago, e intento descender elegantemente –sí, queda en un intento–. Con esto podemos dar por finalizados ambos itinerarios equipados.

 

Algo ya cansados y con una calor cada vez más evidente, alzancamos La Portella, donde debería estar María. Nos ha avisado a través del móvil de que se ha pasado y que ha llegado al coche hace varias horas, así que no nos distraemos y siguiendo las marcas amarillas del PR C-78 llegamos al Collet de Guirló, donde se cierra el itinerario circular. Unos minutos después, a las 15:10, alzanzamos el aparcamiento tras casi cinco horas de intensa excursión, con lugares en los que estar con vida al cabo de unos minutos deja de darse por echo y tienes que procurar a cada paso mantenerte sano y salvo –parece exagerado, pero creo que la montaña, a diferencia de la ciudad, es así–. Una vez reencontrados con María y con Julio –este último llegado hace unos cinco minutos–, nos instalamos cómodamente en una de las mesas de pícnic y comemos. La perra, Duna, pone unos ojitos de lástima que incitan a compartir el bocadillo de atún con ella, cosa que hago. De mientras hablamos de temas varios, como los viajes y los espectáculos. La compañía es grata, pero ellos se van a ir a tomar un café, y yo, para Igualada, que está a punto de comenzar la programación de la tarde y es un buen momento para reunirme con Alba. Sus calles me ven cojeando de aquí para allá por la rodilla derecha, una parte de mi cuerpo que nunca me había molestado ni dolido hasta hace cuatro semanas, cuando participé en la “maldita” Maratón de Barcelona. Demasiado trote, quizá, para alguien que desde hace unos cuantos meses no sale de excursión.

 

 

En mayo de 2011 he publicado La ruta de las estrellas, una novela ambientada en el Camino de Santiago que trata acerca de la peregrinación de una pareja de montañeros. Puedes seguir mis comentarios y los de los lectores visitando la web www.facebook.com/larutadelasestrellas  y si le das a "ME GUSTA" serás seguidor y podrás participar también. Por otro lado, la envío a domicilio por 10 euros con los portes incluidos. Si te interesa, escríbeme a larutadelasestrellas@gmail.com Otra forma de adquirirla es en la librería Altaïr de Barcelona (Gran Via 616) o en su página web. Buen Camino. 


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