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Recopilación de relatos sobre las aventuras vividas en la montaña y la naturaleza. También hay alguna galería de fotos. Si quieres ponerte en contacto conmigo escríbeme a dmiraher@terra.es
martes 21 de junio de 2016, 23:27:08
12-06-16: Excursión a la avioneta estrellada del Montseny
Tipo de Entrada: RELATO | 2 Comentarios

En compañía de Alba, mi amigo David y un compañero de este del club SEAT León, realizo la ruta circular señalizada al Empedrat de Morou desde Santa Fe del Montseny, pasando por la presa del embalse y con desvío a Can Font de Corts y la Mooney M20K, avioneta estrellada el año 2000, pilotada por un inglés septuagenario, fallecido en el accidente, que se conserva para sorpresa del caminante en buen estado en pleno bosque.

 

Poco antes de las diez de la mañana llego con Alba a un núcleo de población situado a los pies del Montseny, Sant Celoni. Los otros dos David van a tardar algo en llegar, así que aprovechamos y visitamos el centro de la villa y emprendemos, a pie, la aproximación a Santa Fe, distante 21km. Una vez dejada atrás la ciudad, pasados unos campos y una masía, llegamos al desvío a las pistas de atletismo y un instituto. Aquí nos detenemos al margen del asfalto y cual autoestopistas, esperamos junto a las mochilas, sin hacer dedo, a que pase el SEAT León de Droguero, rojo. A cada coche de este color, al fondo de la recta, vemos la posibilidad de que sea él, pero conforme se acercan, los vamos descartando por su silueta hasta que finalmente nos recogen.

 

El aparcamiento de Santa Fe está situado a unos 1200 metros de altitud, en el punto kilométrico 21 de la carretera BV-5114, al que llegamos después de innumerables curvas, adelantamientos a ciclistas y de haber gozado de grandes vistas panorámicas del llano antes de adentrarnos en el impresionante hayedo. Diríase, por la poca cantidad de luz, que aquí se vive en un atardecer eterno. Es un lugar mágico y bello de recorrer. El aparcamiento ya está lleno de coches en lo que viene a ser la zona periférica, así que creamos una fila central con nuestro coche. Equipados con una pequeña mochila, dejamos atrás la oficina de información del Parque Natural, en cuyo exterior se alzan grandes secuoyas, y nos acercamos al Hostal y restaurante, donde los dos David se toman un café mientras fuera tomo con Alba algunas fotos.

 

Para ir al pantano, se puede seguir la riera por su lado izquierdo, que se alcanza siguiendo una pasarela de madera que enlaza con un pequeño puente también de madera colocado sobre las cristalinas aguas, o bien es posible dirigirse directamente al embalse desde el exterior del hostal, apareciendo por su lado derecho para así atravesar la presa, opción por la que nos decantamos. El bosque es frondoso en lo que respecta a las copas de los árboles, que parecen competir por la luz del sol, pero en cambio a nivel de suelo hay poco matorral, lo que facilita adentrarse en él para, por ejemplo, construir cabañas con troncos como las que nos vamos encontrando, cual salidas de un manual de supervivencia que tanto me gustaban de pequeño.

 

Al llegar a la orilla nos sorprende que está a tope de agua, lo que sin duda resulta fotogénico y da pie a que desempolvemos la cámara. La última vez que estuve aquí el nivel del agua estaba bastante más abajo, se nota que estamos a finales de primavera y que este año sí ha llovido. En la presa disfrutamos de las vistas, incluida la abrupta cumbre de Les Agudes. Nos llama la atención la placa de una fallecida, imaginamos que ahogada al caer al pantano. Al otro lado, seguimos las marcas blancas y amarillas del PR-C 204 además de las marcas naranjas de la ruta circular al Empedrat de Morou, siguiendo una pista forestal que se abre paso entre el hayedo, salpicado de castaños.

 

Un desvío a mano derecha en descenso, señalizado con las marcas del sendero de pequeño recorrido, que se dirige a Riells, nos aleja de las marcas anaranjadas. A partir de aquí, vamos a tener que recorrer el camino dos veces: de ida y de vuelta. La pista forestal pierde altura gracias a un par de lazadas y en unos diez minutos, alcanzamos una masía, de nombre Can Font de Corts, que queda a mano izquierda al margen del camino. Unos 200 o 300 metros después, a mano izquierda, arriba en el bosque, a unos 30 metros, se divisa la avioneta. Hay que ir con cuidado de no pasarse de largo. Nosotros no hemos encontrado señalización alguna, ni siquiera un montoncito de piedras, aunque sí dos fragmentos de plástico del avión apoyados sobre una roca al margen del camino. Varios grupos, algunos con niños, nos facilitan sobre manera su localización. Hoy, cual Vicentes, vamos a donde va la gente.

 

Encontrarse la avioneta en tan buen estado en medio del bosque es algo único, impactante, ideal para curiosear con niños. Incluso creo que hay un tesoro de geocaching esperando a ser redescubierto. En internet puede encontrarse el informe de la investigación. Por lo visto, volaba de Murcia a Perpiñán de camino a su país, Inglaterra, pero el Montseny, en un día de niebla, se topó en su camino –bueno, más bien fue al revés–, a una altura de 950 metros, si bien hacía diez meses que debería haber pasado una revisión médica y, en la última, constaba que debía usar lentillas para pilotar.

 

Parte de su matrícula “G-GTPL” es bien visible en su fuselaje, de color blanco y azul, que diríase que transmite cierta paz y tranquilidad y resulta difícil imaginarse al señor muerto sobre el negro asiento, no manchado de sangre. David, que trabaja en la SEAT, examina parte de su mecánica, aún intacta. Los expoliadores no parecen llegar tan arriba; en Badalona el avión habría volado el mismo día. Desde diferentes perspectivas, nos fotografiamos junto a la aeronave: con el morro maltrecho, desde detrás con ambas alas…

 

Satisfechos, regresamos a la pista y comenzamos a deshacer lo andado desde el desvío, todo en subida. Alba nos saca algunos metros. Una vez lo alcanzamos, seguimos las marcas naranjas con destino al Empedrat de Morou. El bosque de encinas queda atrás y de nuevo estamos en el interior de un espectacular hayedo; nadie diría que estamos en pleno mediodía, ¡qué poca luz ambiental! En el empedrado, gozamos de buenas vistas sobre el punto culminante del Montseny, el Turó de l´Home, y del cordal que lo une a Les Agudes. Un desvío se dirige al Turó de Morou pero nosotros seguimos las marcas naranjas hasta llegar al punto de inicio, Santa Fe del Montseny, una vez pasado junto a la escuela de naturaleza Can Lleonart.

 

Son las dos del mediodía y, hambrientos, tomamos asiento en el restaurante del hostal. El menú de los festivos está a 21€ incluida bebida y postre. De hecho, es lo que ha animado a Alba a venirse hoy de excursión. Entre crema de melón con jamón, ensaladas, pollos y butifarra, así como flan de café y tarta de chocolate, intercambiamos sensaciones sobre lo vivido y sobre la belleza de la zona. ¡Hay que ver lo bonito y lo cerca que nos queda! ¡Y lo bien que uno se queda! Habrá que volver. “Sí, aún nos quedan platos por probar” añade Alba. ¡Oye, que me refería al Montseny!


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domingo 8 de mayo de 2016, 16:34:02
01-05-16: Ascenso y descenso del Joc de l´Oca (Montserrat)
Tipo de Entrada: RELATO

A las diez de la mañana partimos de Can Jorba hacia la Canal del Migdia, una canal equipada conocida como Joc de l´Oca. En 1h45min la remontamos hasta su último resalte equipado y acto seguido emprendemos el descenso, si cabe aún más difícil, llegando al coche a las dos, al menos en mi caso con las manos algo doloridas, pero satisfechos de haber metido otra K6 en el saco.

 

Pasan unos minutos de las diez cuando llego al aparcamiento de Can Jorba, una masía abandonada situada en la vertiente sud de Montserrat. El acceso ha sido un poco precario desde el pueblo de Collbató a través de una pista forestal que pasa por un conocido restaurante, de nombre la Vinya Nova. Hay un acceso más directo y mejor desde la autovía A2 que, siguiendo a Marcel, tomaré de vuelta sin tener que pasar ni por Collbató ni por el restaurante, sino por una urbanización de El Bruc. Mis compañeros de excursión, Marcel y Jorge, charlan en el interior del Xsara del primero, que ha recogido al segundo de camino mientras venía a pie a Can Jorba desde el Bruc, quizá para ir calentando ante la K6 que nos aguarda.

 

La aproximación a la Canal del Migdia, conocida desde su equipación como Joc de l´Oca, es corta y agradable, pasándose junto al pie de numerosas y –a la vuelta– concurridas vías de escalada. Un cartel con los emblemas de la Generalitat, los Bomberos, el Parque Natural y la FEEC avisa: Atención: este recorrido NO es una vía ferrata y no dispone de los elementos indispensables para el autoseguro. Se trata de un itinerario de compromiso, exposición y muy exigente físicamente. También recuerda el uso obligatorio del casco, el riesgo de caída de piedras, el tener la experiencia necesaria y no iniciarlo ante la posibilidad de fuertes lluvias. Hoy el tiempo está nublado pero no hay pronosticada lluvia. ¡A por ella se ha dicho!

 

La primera pared, de unos diez metros, ha de subirse a pulso con la ayuda de una cuerda anudada, menudo filtro de acceso. Si uno no puede con ella, no tiene más remedio que optar por aventuras de menor dificultad. Al estar aún frescos, no nos cuesta mucho superarla. Acto seguido dos cuerdas permiten seguir subiendo, pero la de la izquierda, que tomo, va a parar a un recoveco que requiere pasar por un estrecho agujero para poder seguir subiendo. Lo intento pero no me es posible, así que regreso y subo fácilmente por la cuerda de la derecha, que es la que toman directamente mis compañeros. De esta manera accedemos a un arbolito que nos deja en un descansillo de la canal.

 

En un nuevo resalte tenemos un problema: alguien ha dejado la cuerda arriba y no llegamos hasta ella, sin la cual es imposible seguir progresando. Con una rama Marcel la pesca; si estuviésemos en Port Aventura le haríamos entrega del premio gigante, un gran osito de peluche. Pero aquí no hay escenarios de cartón piedra, la vida se presenta tal cual es, y para conservarla debemos andarnos con ojo. La roca está bastante pulida, pero se sube bien con la cuerda y, además, en una franja de color rojo hay una gran fisura donde colocar el pie. Sin duda dará más guerra durante el destrepe.

 

Marcel ha tomado la delantera y nos va tomando algunas fotos desde arriba. Jorge, detrás, también me inmortaliza de vez en cuando. Una nueva cuerda anudada nos permite salir de un encaje de la canal, sin la equipación sería imposible remontarla. Una vez superada, tomamos aire: ¡hay que ver la exigencia que tiene, es un no parar! La Canal del Mejillón, que remontamos hace dos semanas, tiene dos pasos más complicados, pero esta requiere un esfuerzo más sostenido a no ser que te vayas parando constantemente.

 

Delante de nosotros se presenta un paso fotogénico con tres grandes rocas empotradas en la canal. Uno debe ingeniárselas para enfilarse en lo alto de la primera, en mi caso con la ayuda de Jorge. Una vez arriba, se abren dos posibilidades: remontar a pulso una cuerda anudada a través de un agujero, que viene a ser una especie de chimenea, o flanquedar esta segunda roca a través de unas barras metálicas para los pies y unas cadenas para agarrarse, lo que permite introducir la cinta exprés o los mosquetones del kit de vía ferrata en las cadenas y por tanto ir asegurado. Yo opto por esto segundo, al igual que Jorge, mientras que Marcel y un italiano que nos acaba de adelantar, optan por la chimenea.

 

Una vez arriba nos reagrupamos. Hemos logrado otro pequeño éxito pero quedan muchos más. El siguiente reto es remontar una pared hasta lo alto de una roca a través de una cuerda anudada o una cadena, a elegir, están una al lado de la otra. Yo opto por la primera, que permite un mejor agarre gracias al nudo y lastima menos la mano. Luego hay que abrirse paso como se pueda por un paso muy encajonado no equipado y se accede a una cuerda situada en un sitio casi claustrofóbico en el que es mejor apartarla hacia el exterior para poder maniobrar. A Marcel le cuesta –como en ocasiones anteriores– y le comento lo de apartar la cuerda y le parece una buena idea. De esta manera Jorge y yo lo superamos más fácilmente y nos plantamos ante el paso más difícil de la canal, el penúltimo, en el que hay un señor bloqueado.

 

Está equipado con una cadena y una cuerda anudada y su comienzo es volado, esto es, se echa a faltar la pared. Puedes ir a buscarla más allá, lo que vendría a ser una especie de pequeño desplome que te deja sin fuerzas, que ya a estas alturas están algo mermadas. Marcel lo sube como si nada: hace que parezca fácil. Luego lo intento yo con la ayuda de Jorge, en cuyas manos coloco mi pie y me impulso hasta la cadena, donde me aseguro y descanso colgado. Colocando el pie en la doble cuerda anudada a modo de escalera y con sucesivos pequeños pasos, acabo por superar el paso. Si yo he podido tú también, animo al hombre que hay bloqueado con su compañero arriba esperándole. Y sí, esta vez se saca el paso de encima. ¡Qué descanso!

 

A Jorge, como a Marcel, también lo grabo en plena faena. Parece que estén hechos de otra pasta, nadie diría que se enfrentan al paso más complicado de una K6. Sin duda me superan ampliamente en fuerza y aptitud, aunque consigo, tanto en esta como en el Mejillón, acabar la faena junto a ellos. Una última y sencilla cuerda nos deja en lo alto del Joc de l´Oca, el tramo equipado de la Canal del Migdia, en concreto en la parte inferior de esta. Si seguimos canal arriba, no equipada, podemos tomar un sendero de regreso y, si hubiésemos cargado con una cuerda de 60 o 70 metros, podríamos rapelar la canal vecina, de nombre Canal Roja, conocida como las Tres en Raya. Pero tenemos hambre de aventura y no contentos con su remonte, ahora la acometeremos de bajada, algo que me va a costar más, no sé si por aspectos técnicos –dificultad para ver las presas para los pies, etc–, mi respeto a las alturas –yendo hacia arriba no ves el patio– o el cansancio acumulado. Para reponer fuerzas, nos comemos primero unos cacahuetes y unas almendras antes de emprender el regreso.

 

Tras descender la primera cuerda, nos plantamos ante el difícil paso de la doble cuerda anudada y la cadena. Asegurándome, voy descendiendo poco a poco. Cuando ya queda poco de cadena, en vez de meter el mosquetón en un eslabón, lo paso por la cadena. En posición precaria me fallan las manos y pierdo el equilibrio y la cuerda y mis compañeros vienen a cogerme pensando que no estoy asegurado, pero sí lo estoy. Gracias a ello me he quedado colgado de la cadena y mi cinta exprés en vez de lastimarme. Tras el susto, acabo de bajar y toco suelo. ¡Qué liberación!

 

Sustos así hacen que uno pierda la confianza y coja miedo. Pero bueno, prosigo descendiendo la canal a mi ritmo, paso a paso y asegurándome con los mosquetones en las pocas cadenas que hay y en los nudos de las múltiples cuerdas dobles anudadas, lo que hace la progresión más cansada y engorrosa pero puede salvarme de nuevo de una caída, que por suerte no se repetirá. Jorge y Marcel van siempre más ligeros. Son muy fuertes y su estado de forma es excepcional, más aun teniendo en cuenta que superan la cincuentena, me sacan casi veinte años. Parafraseando a Jorge y el título de su novela, están asquerosamente sanos.

 

En el tramo de la chimenea y las barras metálicas para los pies, ellos descienden por la primera mientras que yo, desde la roca que separa ambas cadenas con sus sendas barras, les tomo algunas fotografías. En el pulido paso en el que de subida Marcel ha tenido que pescar la cuerda, no me decido hasta que este, desde abajo, me señala una franja rojiza en la que se puede poner bien el pie. Al ser una cuerda simple no puedo asegurarme con mi cinta exprés. Y como colofón, la pared inicial, ahora final, de unos diez metros verticales. Marcel, desde abajo, nos fotografía. Yo ya tengo varios dedos doloridos que me he pillado con una cuerda doble al usarla de escalera y apoyar mi peso sobre uno de sus nudos, lo que ha juntado ambas cuerdas y me ha atrapado la mano.

 

Toco suelo. ¡Estoy a salvo! Ha sido peor bajarla que subirla. Menudas cuatro horas: de disfrute pero también de suplicio. De riesgo y de sentirse vivo. De compañerismo, de buscarse la vida y de abrirse paso ante las dificultades y los obstáculos del camino –bueno, de la canal–. Cada pequeño éxito, una alegría. Cada mala elección, un lamento. Cosas buenas y malas pero con un final feliz: el haber cumplido con nuestro objetivo. De camino al coche, Jorge y Marcel van charlando sobre sus próximos retos: la Feliz Navidad, el techo del Resistent, etc. Yo me conformo con cosas más sencillas, con salir de vez en cuando a la montaña. Para seguir su estela debería ser un máquina, un pequeño Increíble Hulk. Es mejor que cada cual juegue su papel. De momento con estas dos K6 ya me doy por satisfecho en el tema de las canales equipadas o ferratas de alta dificultad, aunque nos queda pendiente una visita por Àger. ¡Tiempo al tiempo!


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domingo 8 de mayo de 2016, 16:07:12
17-04-16: Canal del Mejillón y ascenso al Moro (1206m)
Tipo de Entrada: RELATO

En compañía de Jorge, de Marcel y de su mujer Magda, a quienes conocemos hoy, remonto la Canal del Pou de Glaç, conocida como Canal del Mejillón, muy cercana a la vía ferrata Teresina y acto seguido, ascendemos a lo alto del Moro o Montcau (1206m), una bonita montaña situada junto al helipuerto, antes de regresar a través de la Canal de Sant Jeroni, en total unas cinco horas de entretenida matinal montserratina.

 

A las ocho y media de la mañana me presento, puntual, en el aparcamiento de Santa Cecilia, a los pies de las imponentes paredes de la vertiente norte de Montserrat. El primero al que veo es Jorge, con quien ya hice esta canal equipada el mes pasado, pero se le quedó la espinita clavada de no haber podido superar el paso más difícil, formado por cortas cadenas en terreno ligeramente desplomado que tuvimos que rodear. Pronto reconoce a Marcel, un señor alto, fuerte y acompañado de Magda, su mujer. Sin dejar nada a la vista dentro del coche –no hay que tentar al diablo– nos encaramos hacia la Canal de Sant Jeroni, que remontamos a un alto ritmo, adelantando a grupos de ferrateros que se dirigen a La Teresina. Junto al pie de esta vía tiene lugar el inicio de la Canal del Mejillón, cuyo primer paso equipado, muy encajonado y con un agujero por el que pasar, es el segundo más difícil de todo el itinerario.

 

Mientras mis compañeros se equipan, afronto este primer tramo hasta el acceso al agujero. Me sorprende lo poco que me cuesta en relación al mes pasado, cuando tardé mucho más e incluso aplasté una lata de naranjada. La clave es que hoy he venido sin mochila, de manera que puedo hacer muy bien oposición con la pared de detrás y, gracias al culo y en menor medida a la espalda, no tiene nada que ver el desgaste de los brazos de hoy con el de la otra vez. El siguiente en venir es Jorge, seguido de Marcel. Dado el poco espacio que hay, tres somos multitud, así que Marcel nos da una lección magistral de cómo superar el agujero y pasar al otro lado. Contra todo pronóstico, la clave está en encararse de espalda, o de culo, según se mire, pero no de frente. Una vez de espaldas, buscas colocar el pie en lo alto de la cadena, lo que puede resultar bastante acrobático, y gracias al impulso apoyas la espalda y luego el culo en el agujero y acabas por impulsarte hasta salir de él.

 

Cual discípulo, intento replicarle, pero claro, el maestro hace que lo difícil parezca fácil. Aun así, consigo superarlo más dignamente que en marzo, cuando lo encaré de frente y Jorge, con su fuerza de brazos, casi me alzó a pulso el último tirón que me faltaba. Dado el poco espacio que hay sobre la piedra incrustada en la canal que origina el agujero, Marcel supera la siguiente cadena, que también tiene su miga y arriba monta la reunión desde la que asegura el ascenso de Magda, que se dirige hacia el acceso al agujero mientras Jorge trata de superarlo sabiendo que lo estoy inmortalizando en un corto vídeo. Una vez reunidos sobre la roca, remonto la cadena –me dejo caer, cual croqueta, a la repisa para acabar de superarlo– mientras que Jorge espera a que llegue Magda. La cuerda se ha liado en nuestra zona y deshacemos el entuerto sin mayor complicación. Una vez reagrupados los cuatro, continuamos canal arriba.

 

La verdad es que no es muy complicada, aunque sí cansa ir encadenando cadenas. Lo suyo es usar lo máximo los pies, buscando donde colocarlos, para no cansarse excesivamente los brazos ni lastimarse las manos con las cadenas. Un tramo bastante encajonado con tres cadenas consecutivas que subir a pulso resulta especialmente atractivo. Ante nosotros, se presenta el tramo más difícil de todos, el de los pequeños tramos de cadena en terreno ligeramente desplomado y bastante pulido. O usas la fuerza bruta, como es el caso de Marcel, o te vas colgando y descansando, que es lo que hago yo y, gracias a un estribo, que viene a ser una escalera como de cinta, vas avanzando poco a poco, colocando cada vez más arriba el seguro y la escalera. Una vez superado, bajo por la escapatoria y les tomo fotos superándolo. Como decía, Marcel lo sube a lo bruto, sin usar el estribo ni colgarse del seguro. ¡Qué máquina! Parece Spiderman.

 

Ahora viene el turno de Jorge. Seis semanas ha tenido que esperar para desquitarse y lo va a hacer a lo grande: sin usar el estribo. Aunque en honor a la verdad, él sí se cuelga del seguro, aunque sólo en una ocasión. No se lo digáis a Marcel –murmura sin saber que lo estoy filmando. Al decírselo, me suelta un luego lo editas. Cualquiera diría que es filósofo, su libro de cabecera no parece la Ética a Nicómaco de Aristóteles :-) Magda, como el común de los mortales entre los que me incluyo, usa el estribo, además de ir encordada. Hay que ver la maña y soltura que tiene y muestra en la pared, algo de Marcel se le ha pegado. De vuelta por la escapatoria hay que andarse con ojo al no estar equipada y haber una buena caída en caso de resbalón. La veo peor que hace un mes, me imagino que fruto de las últimas lluvias. Una vez reagrupados, continuamos canal arriba, cada vez con menores fuerzas pero también con menor dificultad.

 

En la última zona, la de las cuerdas por el bosque, hay un chico poco cuidadoso bajando que causa la caída de varias piedras y como voy adelantado, le aviso de que tras de mí viene más gente. A las once, tras dos horas y media, salimos de la canal. De repente el paisaje se abre y nos da al fin la luz del sol en todo su esplendor. El Moro se alza a mis ojos cautivador, como de costumbre. La Gorra Frigia es también tentadora, pero más lejana y, según escuché, han desequipado su subida y ahora sólo es posible acceder hasta su cumbre escalando. Jorge saca unas galletas y mientras charlan y desayunan, me acerco hasta lo alto de una aguja cercana, al borde del precipicio y con vistas a la concurrida cumbre de Sant Jeroni. Algunos me miran por estar al borde del barranco, me deben de tomar por loco. Pero lo que no saben es que ellos, vistos desde aquí, se hallan en la misma situación.

 

Hablándoles del Moro, conseguimos animar a Marcel y a Magda a intentar coronarlo. El mes pasado, con Jorge, tuvimos que renunciar por el fuerte viento. Esta será la segunda espinita clavada que se saque hoy. Pasando por la ermita de Sant Jeroni, accedemos hasta el helipuerto que hay cercano a las antenas de telecomunicaciones y, gracias a una trepada sencilla pero expuesta, logramos alcanzar su cumbre, Magda encordada. Tras disfrutar de la cumbre, emprendemos el descenso por la ruta normal, que baja junto a la canal que forma una especie de verruga, equipada con una cadena. Aquí hay una instalación para montar el rápel y terminamos el descenso rapelando, algo que no hago hace años. ¡Qué divertido y fácil! Mediante un flanqueo expuesto pero sencillo alcanzo el helipuerto, desde donde Magda me comenta que tome alguna foto de Marcel y de Jorge a contraluz con la mole del Moro. ¡Qué chulas! Una de ellas acompaña a este relato.

 

Ya sólo nos queda asomarnos a la Paret de l´Aeri, junto a las antenas, donde aún está la estación superior y es visible su mecanismo, una especie de polea, y buscar el inicio de la Canal de Sant Jeroni, que descendemos sin mayores problemas mientras Jorge y Marcel siguen conversando sobre vías ferratas de alta dificultad. Diríase que su afición es coleccionar K5 y K6 y, además, completar sus pasos más difíciles con la mayor dignidad y estilo posibles. Para cuando llegamos a la una al coche, no podemos estar más satisfechos de estas cinco horas de actividad matinal en la montaña de Montserrat, que como siempre nunca decepciona. Nuestro próximo reto, en un par de semanas, será la otra K6 de Montserrat, el Joc de l´Oca, que tenía previsto realizar con Jorge hoy después de comer pero, ¡habrá que dejar algo para otro día!


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