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 Zodiaco Zodiaco
Tuesday 26 de October de 2010, 16:15:22

Tipo de Entrada: RELATO | 3075 visitas

Combinación del ascenso a Les Agudes por la cresta de Castellets con el itinerario del parque que transcurre entre el Turó de l´Home y la Font de Passavets, más cuatro kilómetros y medio de carretera que cierran el recorrido y lo convierten en circular. Me acompañan varios peregrinos y un trotamundos alemán.

 

 

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Después de más de un año sin realizar excursión alguna, a excepción de las seis etapas del Camino de Santiago en junio, llega el feliz día del reencuentro con la montaña. También es el momento de volver a ver a Julio y a Maite, peregrinos de Olot y de Molins de Rei que conocí en Roncesvalles y Zubiri, respectivamente. Ella vendrá acompañada por un alemán que llegó hace una semana y que mañana finalizará su primera visita a nuestro país. De él me ha dicho que lo conoció en Tasmania, que ha viajado por Australia, Nueva Zelanda y por otros lugares, y que ha vivido en la selva, “todo un personaje”. No es difícil de suponer que estoy esperando conocerlo.

 

El punto de encuentro es la Renfe de Sant Celoni, a la cual acudo en tren. Durante el trayecto entablo conversación con un señor provisto de un cesta que pretende recolectar ejemplares de “una especie de rovellones que casi nadie conoce y los pasan por alto”. Le pregunto que a dónde va pero, como buen “boletaire” que es, ese es un secreto bien guardado. Lo único que me dice es que se queda por “aquí abajo”, que no sube hasta el Montseny. Un chico que habla con nosotros comenta que él regresa de trabajar, pues lo hace en el turno de noche. Se apea en Sant Celoni, como yo, y me dice que en alguna ocasión ha subida en bicicleta hasta el Turó de l´Home, lo que supone pasar de los 152m de altitud a los 1712m, con el derroche de energía que todo enfrentamiento a la gravedad implica.

 

Llego a la hora estipulada: las nueve. Julio espera en su nuevo coche, cuyo kilometraje no alcanza los dos mil quinientos kilómetros. Al poco llega Maite con Marcel como copiloto, el alemán del que me había hablado por correo electrónico. Tras un emotivo reencuentro y ya presentados al germánico, de profesión apicultor, subimos al Golf de Julio y tomamos rumbo a los coloridos otoñales del Montseny, en concreto a los hayedos de la zona de Santa Fe, donde nos espera una bonita excursión. En un principio teníamos pensado hacer la típica Font de Passavets – Turó de l´Home, pero dado que resulta algo monótona, les he propuesto combinarla con la entretenida trepada por la cresta de Castellets, según Editorial Alpina “el itinerario sobre roca más impresionante y espectacular del Montseny”, opinión que yo también suscribo, al menos en cuanto a lo que yo conozco.

 

Estacionamos en el aparcamiento de Pla d´en Mon, una explanada que queda a mano derecha un quilómetro y medio antes de llegar a Sant Marçal, diría que más o menos en el punto kilométrico 27 de la carretera. Marcel se siente atraído por la silueta de la montaña, mientras que Maite no se cree que vayamos a subir por esas paredes que aparentan ser tan verticales desde la distancia. Les informo de que una vez allí es mucho menos inclinado y hay repisas que la lejanía oculta vilmente como queriendo evitar que los domingueros se acerquen. Y es que si en los Castellets se respira un ambiente casi alpino, en Passavets, en cambio, uno se acuerda de ciertos lugares con procesiones, llámense Montserrat, Puigmal o Pica d´Estats, con un degoteo constante de todo tipo de fauna bídepa.

 

A las diez iniciamos la marcha por el sendero con marcas de pintura que nace al otro lado de la carretera. Rápidamente nos percatamos de la abundancia de setas, supongo que propiciada por las abundantes lluvias del temporal del fin de semana pasado, que es cuando teníamos prevista la presente excursión. Aunque el camino asciende, en el sombrío bosque de hayas se nota una rasca que hace que llevemos unas prendas de abrigo que luego sí sobraran. La excepción es el alemán, que va en manga corta de principio a fin, quizá por estar más acostumbrado a las bajas temperaturas o porque estas, en comparación con vivir en la selva, debe de ser poca cosa.

 

Se pueden enumerar los lugares por los que pasa el camino: Pla d´en Jep Xic, Coll Saciureda de Baix, Coll Saciureda de Dalt. Pero las marcas de pintura te permiten olvidarte de referencia alguna para orientarte, y simplemente debes seguirlas. Eso facilita que uno se dedique a conversar, en este caso a practicar el escaso inglés que se domina. Es así como me entero de que a Marcel no le gusta Barcelona, algo que no sorprende de alguien que es un trotamundos o un viajero, no un turista. Me explica que está infestada de turistas y que hay muchos alemanes en los bares. Ha estado paseando por la ciudad, en lugares como el Parc Güell, la Sagrada Familia o Las Ramblas. Tras preguntarle, me responde que le gusta mucho más el Montseny. Como es apicultor, sabe mucho de plantas y nos va diciendo cosas de bayas, de setas, de árboles. En Nueva Zelanda trabajaba en unos bosques alejados de la civilización protegiendo a una peculiar ave que está en peligro de extinción, llamada Kiwi. La describe como envuelta de púas y presa fácil de otros animales a los que había que matar para conservarla, algo que me sorprende, pero se ve que estos no son autóctonos y por lo visto sobran.

 

En un prado situado al inicio de la cresta contemplamos el paisaje. Abajo hay un mar de nubes que ocultan el Mediterráneo, la Plana de Vic y el embalse de Santa Fe. A lo lejos emergen, nevados, Puigmal, Bastiments y Canigó. Julio, que es de Olot, comenta que mañana se acercará a Ulldeter para ver las primeras nieves de la temporada, quizá con unas raquetas de nieve que tiene previsto comprarse. Con Marcel quedo en que cuando regrese –si lo hace– iremos a ascender a alguna montaña más alta. Explica que las montañas de Nueva Zelanda son parecidas al Montseny, al menos a este pedacito de Montseny con prados, bosques y roca, porque intuyo que nada tienen que ver con el pelado Pla de la Calma. Le recuerdo que Edmund Hillary era de allí, y él me dice que un físico llamado Rutherford, también. Es el padre de un modelo atómico que aún se estudia en secundaria.

 

El primer castellet (“castillito”) lo esquivan siguiendo el sendero, es decir, por la derecha, mientras que yo tiro recto para explorarlo. Por la parte alta lo flanqueo por la derecha para ir a reencontarme con mis compañeros y, de repente, una ave rapaz levanta el vuelo desde la pared rocosa, quizá un mochuelo o algo semejante (no parece ni una lechuza ni un búho). Me temo que lo he despertado, dado sus hábitos nocturnos. Con ellos contacto en un pequeño collado que separa dos castellets. Coincidimos con un grupo de tres señores que son los únicos con los que nos toparemos en el ascenso, gracias a la temprana hora de comienzo. Por delante, a lo lejos, veremos a uno, mientras que cerca de la cumbre veremos a un grupo de unos diez componentes acercarse por los castellets en los que ahora estamos.

 

La parte más divertida del itinerario comienza, en lo que es un aperitivo de cara a la trepada final. Se trata de ir siguiendo las marcas de pintura, que van por los pasos más evidentes, o bien de buscarse la vida uno mismo y crearse su propia trayectoria sobre la cresta, complicándola tanto como quiera en un continuo subir y bajar por tres o cuatro castellets hasta la repada final. En nuestro caso, seguimos las marcas hasta plantarnos ante ella recién desayudados. De esto último habría que comentar la predilección del alemán por el embutido de la Garrotxa de Julio.

 

La unión hace la fuerza, o eso dicen. O sea, que nos hemos unido al grupo de tres, encabezado por Agustí, de manera que todos los que acometemos la última subida estamos juntos. Ante varias alternativas posibles, tomamos la de la izquierda, que sube directamente a la cumbre en vez de ir al Coll de les Agudes, a donde va a parar el sendero que rodea la mole que nos empequeñece y nos devuelve a nuestra condición de mortales. Uno, que es humano, sabe que cuando desaparezca, la montaña seguirá aquí, desafiando a nuevas generaciones de inquietos corazones que no se conformen con ver la televisión, si es que aún existe por entonces. Esperemos que no.

 

Durante la trepada sale a relucir la faceta caprina de Julio, quien sube a toda velocidad por el intrincado terreno disfrutando como un niño. Agustí no se queda atrás. Luego vamos los modestos, en los que se incluyen los que tenemos miedo a la altura o, utilizando la jerga montañera, al ”patio”, es decir, Maite y yo. El truco es bien conocido: no mirar hacia abajo. Algo fácilmente formulable y difícilmente realizable, quién sabe si por el afloramiento de algún tipo de masoquismo que nos impulsa a realizar algo que en principio nos va a proporcionar una sensación negativa, en este caso miedo. Marcel no dice nada, pero intuyo que se lo está pasando en grande; seguro que de aquí se va a llevar para Alemania un mejor recuerdo que de la ciudad condal.

 

Tras la falsa cima y algunos pasos más, al mediodía llegamos los cuatro a la cumbre de Les Agudes y nos fotografiamos antes de que lleguen Agustí y sus dos compañeros, que se han quedado rezagados. Aparecen mientras dejamos constancia de nuestro paso por el lugar en la libreta que hay en un “buzón” metálico. El señor nos compara la trepada con la Teresina y se ofrece a acompañarnos algún día si nos decidimos. Le comento que ya la he hecho unas cuantas veces, nos intercambiamos los datos de contacto por si el proyecto se materializa y nos despedimos antes de marchar hacia el Turó de l´Home, al que llegamos en poco tiempo.

 

En él hay bastante gente. La ausencia de coches evidencía que ya no se puede estacionar arriba como antes, sino que el vehículo se ha de dejar algo más abajo. Comemos orientados hacia el mar de nubes que ocultan la zona del Vallés y Barcelona. Dado que sólo como una bolsa de patatas fritas sale a relucir el tema de lo delgado que soy, lo cual no está únicamente ligado al mal comer, sino que siempre he sido así. Les obsequio con un Chupa Chups como premio por haber coronado ambas cimas, que en inglés sería un “lolly pop” o algo parecido, también título de una canción que el alemán tararea. No he comentado que la traductora es Maite, que también ha viajado por el mundo. De hecho se conocieron casi en nuestras antípodas, en “una isla situada al sur de Melbourne llamada Tasmania”, lo cual me recuerda al Crash Bandicoot de la Play Station y al diablo de la Warner Bros. Quizá algún día me recuerde a otra cosa, pero de momento por desgracia apenas he recorrido mundo.

 

El descenso hasta la Font de Passavets tiene lugar por una pista forestal que discurre por el interior de un hayedo y por los bosques de abetos más meridionales de Europa. Por algo la Unesco declaró al Montseny como Patrimonio de la Humanidad hace ya varias décadas, algo que ansía por ejemplo Las Ramblas. Nos desviamos de la pista, cubierta por la hojarasca otoñal, para visitar un pozo de hielo que hay en el bosque en el que se almacenaba la nieve que las mulas llevaban a Barcelona en unos tiempos en que no existían las neveras ni los congeladores. Nos cruzamos con mucha gente que sube: parejas, grupos de “girlscouts”, extranjeros…es la hora propicia para encontrarse con domingueros. Una niña nos pregunta que cuánto falta hasta la cima. Julio le dice que diez minutos, yo que veinticinco: las distancias engañan de bajada. De todas formas se pone contenta, debe de llevar mucho tiempo subiendo con sus cortas piernas, pasito a pasito. No tardamos mucho en llegar a la Font de Passavets, donde numerosas personas hacen cola para rellenar innumerables garrafas. Por fortuna las almas caritativas aún existen y mi exigua botella va directa al surtidor sin tener que ponerse a la cola entre sus parientes de mayor capacidad. El reloj marca las dos y media.

 

Hemos considerado que para cuatro kilómetros y medio no valía la pena subir con dos coches, más que nada porque para una vez que nos vemos pues es mejor estar juntos, trayecto en coche incluido. Así que ahora nos toca afrontar el tramo de carretera que nos separa del aparcamiento. Empleamos unos tres cuartos de hora que se hacen largos por la niebla que invade la zona y te hace sentir una humedad que penetra hasta los huesos, y también por las innumerables curvas que parecen nunca acabar y que reducen la visibilidad para ver a los pocos coches que pasan, y en especial para ser visto. Fruto de todo ellos Maite prefiere esperar a medio camino y la recogemos con el coche de regreso.

 

Una vez en la Renfe me despido rápidamente por temor a perder el tren, consciente de que no va a ser la única vez que los vea. Nuestro fortuito encuentro en el Camino de Santiago parece que va a germinar en una nueva salida al monte, y todo apunta a que será en una vía ferrata, una actividad que ni Julio ni Maite han probado hasta la fecha. Respecto a Marcel, si algún día regresa a nuestro país algo se terciará. Seguro.

 

P.D. Te invito a visitar mi canal de Youtube Feliz Éxito aquí:  www.youtube.com/felizexito




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